miércoles, 5 de junio de 2013

Base X: La Isla del Ántrax

Los Aliados no llegaron a utilizar, al menos que se sepa, armas químicas, pero - como os contaba en el anterior post - si que disponían de grandes reservas de gases asfixiantes, dispuestos para usarlos, en el supuesto de que Hitler decidiera recurrir a esa terrible arma para intentar dar un vuelco desesperado al desarrollo de la contienda. Lo que es menos conocido es que los británicos también disponían de bombas bacteriológicas, en las que habían comenzado a investigar en febrero de 1934, que se realizaron ensayos de campo y que Churchill puso bastante entusiasmo en el proyecto, llegando a plantearse utilizarlas durante la guerra. 


El Departamento Biológico Porton (BDP) se estableció en octubre de 1940 en la ciudad de Porton Down con el propósito de desarrollar y ensayar armas biológicas. Con la ayuda de científicos norteamericanos y canadienses, Gran Bretaña centró sus investigaciones en microbios que atacaran al ganado y que pudieran atomizarse para ser diseminados al explotar bombas o mediante aerosoles. En el verano de 1942, el departamento ya estaba listo para llevar a cabo pruebas de campo con ántrax, a fin de comprobar la viabilidad de una bomba biológica. El ántrax, conocido también como carbunco, es una grave enfermedad contagiosa provocada por la bacteria bacillus anthracis, mortal en muchos casos, tanto para personas como para animales. 


Como escenario de los primeros ensayos con ántrax se eligió Gruinard, una isla remota y pedregosa a 800 metros de la costa noroeste de Escocia. Situada cerca de un pueblo de pescadores llamado Aultbea, es un islote rocoso cubierto de brezo con 90 metros de altura, 2,4 kilómetros de largo y 1,6 de ancho. Recibió el nombre en clave de "Base X". En el primer ensayo realizado en Gruinard se empleó una bomba química modificada de 11 kilos, cargada con una "mezcla espesa y de color café", que era en realidad una masa de esporas de ántrax concentradas, que se lanzó sobre la isla por un bombardero Vickers Wellington. La prueba de campo demostró que los gérmenes podían producirse, transportarse y cargarse en bombas que se hacían explotar sobre las áreas fijadas como objetivo sin destruir los frágiles organismos vivos que propagaban la infección. Sobrevivieron las esporas y continuaron los ensayos, pero los efectos sobre el medio ambiente de la isla no se hicieron esperar. 


Las olas del mar desenterraron un cadáver de una oveja contaminada con ántrax de su sepultura al pie de un acantilado y llegó flotando hasta tierra firme; allí, posiblemente fue comida por un perro, que acabaría propagando la enfermedad a otros 63 animales. A los lugares en los que morían animales rápidamente acudían un grupo de miembros del proyecto y se los llevaban con discreción y sin ofrecer ninguna explicación a los granjeros, preocupados por la epidemia que estaba diezmando sus rebaños. Unos meses más tarde, ante el riesgo de que la operación trascendiese, se decidió detener los ensayos con agentes biológicos en la isla. 


Los avances en la investigación permitieron a primeros de 1944 presentar un proyecto viable al primer ministro británico. Se disponía de una bomba de 1.800 gramos rellena con esporas de ántrax, que había sido diseñada en el Reino Unido y producida en un laboratorio norteamericano. Según el informe que recibió Churchill, media docena de bombarderos Avro Lancaster podría transportar una cantidad de bombas suficiente para aniquilar lo que se hallara en un radio de 2,5 kilómetros cuadrados y convertir dicha zona en inhabitable. Churchill dio el visto bueno a la producción en grandes cantidades de esas bomba bacteriológica y el 8 de marzo de 1944 encargó la fabricación en EE.UU. de medio millón de unidades. "Háganme saber sin falta en qué momento disponemos de ellas. Tenemos que considerarlas suministro prioritario", escribió el premier británico al comité para la guerra bacteriológica. 


El éxito del desembarco de Normandía y los avances posteriores por territorio francés, así como la cada vez más débil oposición alemana a las incursiones de los bombarderos aliados sobre las ciudades germanas, seguramente hizo decrecer el interés por el uso de esas armas biológicas. Sin embargo, en diciembre de 1944, Churchill todavía consideraba seriamente la posibilidad de lanzar esas bombas bacteriológicas sobre ciudades como Berlín, Hamburgo, Frankfurt o Stuttgart. El plan consistía en arrojar un millón de bombas con esporas de ántrax sobre cada una de esas ciudades. El primer ministro británico expuso su planteamiento al jefe de su departamento de guerra química, al que también le pidió que investigara los efectos de un hipotético empleo de gas mostaza contra esos grandes núcleos de población. La contestación fue que si el plan se hubiera llevado a cabo, el número de muertes no hubiera bajado de los 3 millones de personas, mayoritariamente civiles (mujeres, niños, ancianos...), y que las ciudades quedarían inhabitables durante más de 3 décadas.


Sea o no cierta esa intención de Winston Churchill de lanzar un ataque bacteriológico contra la población civil alemana, lo que es innegable es que los aliados contaban con los medios necesarios para llevarlo a cabo. El desmoronamiento de los ejércitos del Tercer Reich en el verano de 1944 hizo innecesario recurrir a esa mortífera arma, pero no debe descartarse que, si el desembarco de Normandía hubiera fracasado y la guerra, por tanto, se hubiera alargado, las cosas hubieran sido distintas. No debemos olvidar que Churchill dijo en su día al embajador de los EE.UU. en la URSS, Averell Harriman "que si fallaba la Operación Overlord, Estados Unidos habría perdido una batalla, pero para los británicos sería el fin de su capacidad militar", por lo que es posible que los británicos hubieran decidido jugar esa última y terrible baza. 


En cuanto a Gruinard, señalar que el ántrax permanecería endémico en la isla durante décadas, siendo inútiles los intentos para eliminarlo por completo. No fue hasta 1986 cuando se consideró a la isla libre de la bacteria, tras limpiar a conciencia los focos de infección. Se recogieron toneladas de tierra, se llevaron en contenedores a tierra firme y se quemaron. Luego se disolvieron cerca de 300 toneladas de formaldehído en 2000 toneladas de agua de mar, con las que se empapó el suelo de la isla. El 24 de abril de 1990, el Secretario de Estado de Defensa, Michael Neubert, se desplazó a la isla para verificar la descontaminación; sobre el terreno explicó que todo estaba ya en orden, arrancó delante de las cámaras el cartel que decía "Prohibido el paso" y envió a un grupo de ovejas a pastar con el fin de demostrar que no había peligro. 

Fuentes: 
"100 Historias Secretas de la Segunda Guerra Mundial" de Jesús Hernández

3 comentarios:

Fernando López Mateo dijo...

Impresionante trabajo el de este blog, parece que no puede aparecer otro documento interesante, pero siempre hay otro y otro más...

charlie furilo dijo...

Gracias Fernando!! Trataré de seguir manteniendo tu interés. Saludos!!

Mauricio Ramirez dijo...

lo felicito , es increíble hasta donde llega la irresponsabilidad y la ambición de poder de algunas personas llámese políticos militares o científicos
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