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miércoles, 20 de febrero de 2013

Citas Literarias (7)

"Cualquier soldado alemán que mostrara compasión por los sufrimientos de los prisioneros soviéticos era objeto de burla por parte de sus compañeros. La inmensa mayoría de ellos consideraba a los cientos de miles de prisioneros poco más que alimañas. Las lamentables condiciones de suciedad en las que se hallaban, como consecuencia del trato recibido, no hacían más que reforzar los prejuicios inspirados por la propaganda de los últimos ocho años. De ese modo, las víctimas eran deshumanizadas como si aquello fuera el cumplimiento de un profecía. Un soldado encargado de la vigilancia de una columna de prisioneros soviéticos escribía a su casa que estos comían "hierba como si fueran ganado". Y cuando pasaban por delante de un campo de patatas, "se tiran al suelo, cavan con las uñas y se las comen crudas". A pesar de que el elemento fundamental de la Operación Barbarroja según los encargados de su planificación habían sido las batallas de envolvimiento, las autoridades militares alemanas habían hecho deliberadamente muy poco para prepararse para la captura masiva de prisioneros. Cuantos más murieran por abandono, menos bocas habría que alimentar.

Un prisionero de guerra francés describía la llegada de un grupo de soldados soviéticos a un campo de la Wehrmacht en territorio del Gobierno General en los siguientes términos: "Los rusos llegaban en filas, de cinco en cinco, cogidos del brazo, pues ninguno podía caminar por sí solo; 'esqueletos ambulantes' es la única descripción que les habría cuadrado. El color de su rostro no era ni siquiera amarillo, sino verdoso. Casi todos llevaban los ojos semicerrados, como si no tuvieran fuerza para fijar la vista en nada. Caían por filas, cinco hombres a la vez. Los alemanes se precipitaban sobre ellos y los golpeaban con las culatas de sus fusiles y con látigos".

Posteriormente los oficiales alemanes intentaron atribuir el trato dispensado a los tres millones de prisioneros de guerra capturados en el mes de octubre a la falta de tropas para vigilarlos y a la escasez de medios de transporte para asegurar su alimentación. Sin embargo, miles de prisioneros del Ejército Rojo murieron durante las marchas forzadas simplemente porque la Wehrmacht no quiso que ni sus vehículos ni sus trenes se "infectaran" con la presencia de aquella masa de hombres "malolientes". No habían sido preparados campos de prisioneros de ningún tipo, de modo que decenas de millares de ellos fueron amontonados como ganado a la intemperie en recintos vallados con alambre de espino. Apenas se les daba de comer y de beber. Todo ello formaba parte del Plan Hambre diseñado por los nazis para exterminar a treinta millones de ciudadanos soviéticos y acabar así con el problema de "superpoblación" de los territorios ocupados. Los heridos eran dejados al cuidado de los doctores del Ejército Rojo, a quienes por lo demás se privaba de todo tipo de suministros médicos. Cuando los guardias alemanes arrojaban por encima de las alambradas cantidades totalmente insuficientes de pan, se divertían mirando cómo los hombres se peleaban por él. Solo en 1941 murieron de hambre, de enfermedad o de exposición a la intemperie más de dos millones de prisioneros soviéticos".

Antony Beevor - "La Segunda Guerra Mundial" (págs.295-297)

lunes, 10 de diciembre de 2012

Personajes (7): Zoya Kosmodemyanskaya

Zoya Kosmodemyanskaya fue una joven partisana rusa, cuya figura, historia y trágico destino representa a la perfección la heroica resistencia a ultranza del pueblo soviético frente a los invasores alemanes. No se qué parte de su historia será real y qué parte fruto de la poderosa propaganda soviética, pero lo innegable es que se convirtió en una de las heroínas más veneradas por el pueblo (incluso se llegó a proponer su canonización por la Iglesia Ortodoxa, con motivo del 85º aniversario de su nacimiento).


Nació el 13 de septiembre de 1923, en la pequeña aldea de Osino-Gay, cerca de la ciudad de Tambov, hija de padre, librero, y de madre, maestra de escuela. El apellido Kosmodemyansky era muy famoso en su región natal, ya que había estado estrechamente relacionado con la iglesia ortodoxa desde el siglo XVII (muchos miembros de la familia había sido sacerdotes). En 1929, la familia por miedo a ser perseguidos por el régimen bolchevique por su apellido y por su confesión religiosa, emigró a Siberia, si bien al año siguiente, por razones desconocidas se trasladó a Moscú. Es posible que el padre se sintiera más seguro en la capital soviética, o incluso, según afirman algunos, algún alto cargo del partido comunista con profundas raíces y creencias religiosas (en privado, por supuesto) diera protección a la familia.


Desde muy pequeña, Zoya, demostró ser una buena estudiante, mostrando su interés por la lectura, la música, los grandes pensadores, etc... que fueron forjando su carácter indómito e idealista. En 1938, con sólo 15 años se unió al Komsomol (las juventudes del Partido Comunista de la URSS). En octubre de 1941, cuando los alemanes avanzaban inexorablemente por tierras soviéticas (la invasión - "Operación Barbarroja" - comenzó en junio) y siendo todavía estudiante de instituto, contando con 18 años de edad, se ofreció voluntaria para formar parte de una unidad de partisanos, que participaban en misiones de sabotaje y reconocimiento tras las líneas enemigas. Su madre trató de disuadirla, pero al parecer Zoya le contestó: "¿Qué otra cosa puedo hacer cuando el enemigo está tan cerca? Si llegan hasta aquí, no podremos seguir viviendo en Moscú".


Ese mismo mes, cerca de la ciudad de Obhukovo, el grupo de Zoya logró cruzar el frente y se adentró en territorio ocupado por los alemanes, donde se dedicaron a minar las carreteras y cortar las líneas de comunicación.  El 27 de noviembre de 1941 recibieron la orden de dirigirse al pueblo de Petrischevo, donde estaba acuartelado un regimiento de caballería alemana, y quemar todas las casas y edificios posibles. La joven partisana prendió fuego a varias cuadras y a dos casas ocupadas por los alemanes, pero un colaboracionista ruso la delató – fue recompensado con una botella de vodka, según se dice – y fue capturada. La llevaron a una cabaña y durante 48 horas fue sometida a todo tipo de torturas y vejaciones para que delatase a sus camaradas. Ante la desesperación del oficial al mando, ya que no decía nada, la mañana del 29 de noviembre la sacaron de la casa y la pasearon con un cartel al cuello en el que se leía “Incendiaria de Hogares” (o "Pirómana", según otras fuentes) hasta el centro del pueblo donde le esperaba la horca. 


Los alemanes y el pueblo entero (obligado a presenciar la ejecución), rodeaban el cadalso pero cuando se iba a proceder a la ejecución, uno de los oficiales alemanes ordenó esperar hasta tener preparada su cámara fotográfica, momento que aprovechó Zoya para gritar: "Camaradas, ¿por qué estáis tan tristes? Yo no tengo miedo a morir, soy feliz de morir por mi pueblo [...] Me vais a colgar, pero no soy la única. Somos más de 200 millones, no podréis colgarnos a todos. Mis compañeros vengarán mi muerte. Alemanes, rendíos antes de que sea demasiado tarde. La victoria es nuestra.". Durante un mes, el cuerpo congelado de la joven estuvo colgado como advertencia de lo que pasaría a aquellos que osaran realizar actos similares de sabotaje contra las tropas nazis. Parece ser que unos soldados alemanes borrachos decidieron cortarle el pecho izquierdo y, entonces, los oficiales ordenaron enterrarla. En enero de 1942 el pueblo de Petrischevo fue liberado por el Ejército Rojo, y es entonces cuando se daría a conocer la historia de la joven partisana.


El periodista Pyotr Lidov tuvo conocimiento de la ejecución de Zoya Kosmodemyanskaya, cuando el pueblo en el que fue asesinada pasó de nuevo a manos soviéticas. Lidov visitó el lugar de la ejecución y pudo recabar los testimonios de los lugarenos ("cuando la iban a colgar comenzó su discurso. Aunque la fueran a matar no sintió miedo", le contó un anciano campesino). El 27 de enero de 1942 un artículo en el diario Pravda sobre la chica partisana. El artículo llegó a manos de Stalin, el cual, al leerlo, dijo: "Aquí hay una heroína del pueblo." Pronto comenzó una importante campaña de propaganda honrando a la partisana caída, y más adelante fue proclamada, en febrero, Heroína de la Unión Soviética


La historia de Zoya Kosmodemyanskaya se convirtió en leyenda, y sirvió de inspiración y ejemplo para muchos combatientes soviéticos. Escribe Antony Beevor en su imprescindible "Berlín. La Caída 1945": "muchos miembros del Komsomol seguían llevando consigo recortes de periódico con la fotografía de Zoya Kosmodemyanskaya, la joven guerrillera de la organización “torturada hasta la muerte por los alemanes”. No eran pocos los que escribían: “Por Zoya”, en sus tanques o aeronaves". Multitud de poetas, escritores, artistas y escultores la utilizaron como inspiración, e incluso llegaron a rodar una película sobre su vida, "Zoya" (1945). En 1968, un planetoide descubierto por astrónomos soviéticos llevaría su nombre. Su cuerpo fue recuperado y sería enterrado en el cementerio de Novodevichy, en Moscú, donde descansan los grandes Héroes de la Unión Soviética


Aquí acabaría la historia de la leyenda de la joven partisana, si no fuera por las controversias que azotaron su biografía en septiembre de 1991 (en pleno proceso de desintegración de la URSS). Un periodista, Aleksandr Zhovtis, afirmó que en la ciudad de Petrischevo no había tropas alemanas y que Zoya fue capturada por partisanos locales, descontentos con la destrucción de sus propiedades. Hubo una tremenda controversia que llegaría incluso a los tribunales, y muchos llegaron a cuestionar el valor de aquella joven. Se escribieron sendos artículos a favor y en contra de Zoya, e incluso llegaron a cuestionar la salud mental de la joven. 

Fuentes:
http://heroesdeguerra.blogspot.com.es/2012/05/kosmodemyanskaya-zoya-anatolyevna-la.html
http://historiasdelahistoria.com/2012/11/29/somos-mas-de-200-millones-no-podreis-colgarnos-a-todos/
http://en.wikipedia.org/wiki/Zoya_Kosmodemyanskaya

martes, 18 de septiembre de 2012

Noticias sobre la 2ª Guerra Mundial (37)

Sangre, sudor y lágrimas me está costando retomar el blog - mejor dicho, la rutina y mi actividad habitual tras las vacaciones veraniegas -; que apatía, que desidia, que vagancia y que todo, copón. En fin, confío en que, poco a poco, la cosa vaya volviendo a sus cauces habituales. De momento, aquí os reproduzco (levemente "tuneadas" por el que suscribe) unas cuantas noticias relacionadas con la WW II (la primera de ellas, cortesía de mis fieles Mr. Lombreeze y Fiona). Allá van:

--- Durante la investigación de su nuevo libro, una historia global de la WW II que se publicará en breve en nuestro país (¡¡¡¡toma, toma y toma!!!! que me reserven un ejemplar, ya mismo), el prestigioso (genial e imprescindible, añadiría yo) historiador Antony Beevor descubrió que los Ejércitos Estadounidense y Australiano prefirieron no divulgar una atrocidad japonesa hacia al final del conflicto: el canibalismo y el uso de prisioneros de guerra como “ganado humano”, que eran mantenidos con vida solo para ser asesinados de uno en uno con el objetivo de ser devorados. Esta salvajada formó parte, según los datos recogidos por el escritor británico, de “una estrategia militar sistemática y organizada”. “Las autoridades aliadas, comprensiblemente, por temor al horror que esto podría causar en las familias de aquellos que murieron en campos de prisioneros, decidieron ocultar los hechos totalmente”, explica Beevor, “por ese motivo, el canibalismo no formó parte de los delitos juzgados en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Tokio de 1946”.
 

Como sucedió con sus libros anteriores, la búsqueda de nuevas fuentes y documentos ha producido sus frutos. Hasta ahora, este historiador británico, que encontró un filón en los archivos soviéticos que comenzaron a abrirse tras la perestroika, había hecho minuciosas descripciones de las batallas de Stalingrado, Berlín, Creta y el Desembarco de Normandía (imprescindibles y recomendadísimos por un servidor todos ellos). En "La Segunda Guerra Mundial", un volumen de más de 1.200 páginas, traza un relato global del conflicto, que no empieza con la invasión de Polonia, sino un mes antes y en el otro lado del mundo, en agosto de 1939, en la batalla de Khalkin-Gol, con la que el Ejército Rojo dirigido por Zukhov derrotó a los japoneses en Manchuria, demostrando que era uno de los grandes generales soviéticos. Dicha derrota, supuso una gran lección para Tokio, que abandonó su intención de abrir un segundo frente en Siberia, lo que hubiera obligadado a Stalin a proteger su retaguardia en Extremo Oriente, de modo que, con total seguridad el conflicto (y quizás su desenlace) hubiese sido muy diferente a como lo conocemos hoy.


La Segunda Guerra Mundial es una fuente infinita de historias y horrores y Beevor rescata muchas en este volumen, desde cómo los nacionalistas chinos sobornaron a las tríadas de Hong Kong para evitar matanzas de extranjeros hasta la guerra bacteriológica en Italia llevada a cabo por los nazis en Italia (tras el desembarco aliado, inundaron grandes extensiones de terreno en Pontino, introdujeron el mosquito anofeles y confiscaron la quinina, con el resultado de que unas 55.000 personas contrajeron la malaria al año siguiente). En su historia sobre el final de la guerra en Asia, "Némesis. La derrota de Japón 1944-1945", Max Hastings explica que los relatos de las atrocidades que sufrieron muchos prisioneros a manos de los japoneses fueron censurados para evitar que se produjese una espiral de venganzas. De los 132.134 prisioneros de Japón, murieron 35.756, un 27%. Tanto Hastings como Beevor describen todo tipo de crueldades contra prisioneros de guerra aliados, desde vivisecciones sin anestesia hasta palizas mortales o ejecuciones a bayonetazos, además de trabajos forzados. Sin embargo, el canibalismo organizado va más allá de lo imaginable. “No fueron casos aislados: existió un patrón similar en todas las guarniciones de China y el Pacífico que se quedaron sin suministros por la Marina estadounidense”, explica Beevor.


No existen datos sobre el número de prisioneros que pudieron sufrir esa suerte, aunque sí que la mayoría de los casos ocurrieron al final del conflicto, en Nueva Guinea y Borneo. Las víctimas fueron locales y soldados papuenses, australianos, estadounidenses y prisioneros indios, que se negaron a combatir con los japoneses. “Los informes lo dejan muy claro: ‘No fueron incidentes aislados perpetrados por individuos o pequeños grupos en condiciones extremas”, explica Beevor. La revelación del canibalismo en el Pacífico se suma al redescubrimiento de las violaciones masivas cometidas por del Ejército soviético en su avance por Alemania, que describió el escritor británico en "Berlín. La caída, 1945". Existían muchos testimonios - como por ejemplo, el libro, anónimo, "Una mujer en Berlín", publicado en 1954 -, pero esas atrocidades no entraron a formar parte del acervo de conocimiento popular sobre el conflicto hasta que el ensayo de Beevor se convirtió en un éxito de ventas. Un profesor de la Universidad de Melbourne, Toshiyuki Tanaka, había descubierto en los años 90 documentos que describían casos de canibalismo, pero, según su versión, se trataba de una orgía de muerte de tropas fuera de control, algo similar a lo que ocurrió en circunstancias extremas en el sitio de Leningrado. Los documentos que ha encontrado Beevor describen algo muy diferente, una nueva vuelta de tuerca en el horror infinito de la Segunda Guerra Mundial.

--- Según documentos revelados por el Archivo Nacional estadounidense, el gobierno norteamericano tuvo conocimiento de que el régimen soviético había ejecutado a más de 22.000 polacos en la llamada masacre de Katyn en 1940, pero decidió encubrir el incidente para no enemistarse con Moscú, aliado en su lucha contra la Alemania nazi.


Alemania y la URSS invadieron Polonia en septiembre de 1939, en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y se repartieron el país en virtud del pacto Ribbentrop-Mólotov. Los invasores capturaron a cuanto oficial y soldado polaco encontraron, y la URSS confinó a unos 200.000 de ellos. "Mientras que los alemanes iniciaban la matanza de judíos y polacos en la región occidental de Polonia ocupada, el Ejército Rojo arrestó y encarceló a miles de oficiales, militares, policías e intelectuales en el este de Polonia", indicó el Archivo Nacional. Los polacos capturados por los soviéticos fueron recluidos en varios campos situados en el oeste de la URSS y operados por la policía política soviética, la temible NKVD. Unos 15.000 polacos, que componían casi la mitad del cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas del país vencido, jamás aparecieron vivos.  


Alemania, a su vez, atacó a la URSS en junio de 1941, y en abril de 1943 las tropas alemanas encontraron en el bosque de Katyn, cerca de Smolensk, 8 grandes fosas comunes con los restos de miles de polacos que habían estado internados en el campo de Kozielsk. Los alemanes encontraron  también cerca de Piatyjatki y Mdenove los restos de prisioneros polacos que habían estado confinados en los campos de Ostashkov y Starobielsk. Ésas se conocen como las masacres del bosque de Katyn, y los documentos divulgados por el Archivo Nacional de EEUU contienen, entre otros materiales, fotografías tomadas desde aviones en la región de Katyn.


El régimen de Stalin - y sus sucesores - en un primer momento negaron la responsabilidad soviética en la masacre, culpando en cambio a los nazis. Finalmente, la URSS reconoció su responsabilidad en la matanza en 1990. Los documentos divulgados ahora sustentan la posición de los historiadores, según la cual el gobierno de Franklin D. Roosevelt supo de la masacre, pero ayudó a encubrirla. Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial en diciembre de 1941, cinco meses después de la invasión alemana de la URSS, y dos años más tarde Washington no tenía intenciones de enemistarse con quien era su aliado en la contienda con Alemania y sus aliados.

--- Durante la madrugada del pasado 5 de septiembre artificieros de la policía alemana desactivaron en la ciudad de Hamburgo, en el norte del país, dos grandes bombas de la Segunda Guerra Mundial, que habían sido halladas en el céntrico barrio portuario de Sankt Pauli durante la realización de trabajos de construcción. La desactivación tuvo lugar una semana después de la detonación controlada de otra bomba de 250 kgs. en Múnich, que al explotar causó daños de consideración en numerosos edificios colindantes.


Un portavoz policial informó que se trataba de sendas bombas de 250 y 500 kgs. de peso y de fabricación estadounidense, localizadas muy cerca la una de la otra y que suponían un grave peligro para la población. Antes de la desactivación de los dos artefactos se montó un perímetro de seguridad de 500 metros de radio y se evacuaron a unas 5.000 personas, consiguiendo los artificieros desactivarlas sobre las 02.00 horas locales. Según el portavoz policial, se trató de una operación rutinaria, ya que es habitual que salgan a la luz ese tipo de artefactos bélicos, pues calculan "que en la región urbana de Hamburgo se encuentran aun unas 3.000 bombas sin localizar" de esa época. 

--- El pasado jueves, el periodista peruano Hugo Coya presentó en el Museo del Holocausto de Buenos Aires su libro "Estación final", en el que investiga sobre las víctimas peruanas del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial y que ha provocado gran espectativa en Argentina.


"Estación final" fue publicado en Perú en 2010, año en el que se convirtió en el libro de no ficción más vendido en el país andino, pero no ha llegado a Argentina hasta 2012, una nación con una gran comunidad judía y donde la sensibilidad hacia este tema es mucho más acusada que en Perú, donde este asunto no había sido investigado. "Antes de mi libro no había ninguna investigación acerca de las víctimas peruanas del holocausto, no se sabía. El libro ha permitido revelar sus nombres y apellidos, cómo llegaron a Europa, cómo fueron arrestados y murieron", explicó el autor. En su libro, Coya propone darle "un trazo peruano" a un "hecho terrible" de la historia mundial, como fue el exterminio de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, y en él también retrata la actuación del Gobierno peruano de la época, que impidió la obtención de visados para huir del conflicto. "Muchas personas tenían familiares, parientes o amigos que solicitaron visas para huir hacia Perú. Sin embargo, el Gobierno peruano ordenó a las sedes diplomáticas que no se concedieran las visas, a pesar de que el país oficialmente era neutral", manifestó el escritor. Entre esos casos estuvieron un grupo de 200 de niños de entre 4 y 10 años de edad, para los cuales la comunidad judía solicitó unas visas que fueron denegadas, y que terminaron muriendo en el campo de exterminio de Auschwitz.  


Coya recuperó todas estas historias "desconocidas o no debidamente investigadas" a través de una búsqueda documental por varios países, pero también haciendo uso de las redes sociales, para ubicar a los descendientes de estas víctimas. Durante la presentación en el Museo del Holocausto de Buenos Aires se proyectará el documental "Madeleine Truel: La heroína peruana de la Segunda Guerra Mundial", que relata la historia una peruana de ascendencia francesa que salvó a cientos de judíos, estrenado en 2012 y dirigido por el peruano Luis Enrique Cam. 


--- Brad Pitt quiere adaptar el libro de Edwin Black, "IBM and the Holocaust" que cuenta la historia real de cómo el presidente ejecutivo de IBM en 1933 firmó una alianza estratégica con el gobierno alemán, que se tradujo en un método de clasificación de tarjetas perforadas a través de los datos extraídos del censo en Alemania, que más tarde el régimen utilizaría para identificar a millones de judíos. Los derechos del libro, publicado en 2001, son de Pitt y su productora, Plan B. Su proyecto inicial era hacer un film para la cadena de televisión HBO con guión de Marcus Hinchey, pero no se llegó a cerrar el trato. Ahora el actor vuelve a moverle por estudios ofreciéndose él mismo como actor.

viernes, 20 de enero de 2012

Reseñas Libros: "El Día D. La Batalla de Normandía"

Antony Beevor lo ha vuelto a conseguir. Tras maravillarnos con sus anteriores e impresionantes trabajos, "Stalingrado" y "Berlín. La Caída: 1945", entre otros, el genial escritor británico se ha vuelto a sacar de la manga otra nueva obra maestra del género. "El Día D. La Batalla de Normandía" es una magistral y apasionante narración de una de las batallas más decisivas de la Segunda Guerra Mundial.

A diferencia de otros libros sobre el tema que había podido leer hasta ahora, como por ejemplo "El día más largo" de Cornelius Ryan o "El día D" de Stephen E. Ambrose, que se centraban básicamente en los prolegómenos, planificación y preparativos de la Operación Overlord, los lanzamientos de paracaidistas previos al desembarco - sobre lo que también había leído bastante, como "El Puente Pegasus" o "Hermanos de Sangre", también de Ambrose - y en la difícil lucha en Omaha, Utah, Sword y las demás playas normandas, hasta el establecimiento de las respectivas cabezas de playa, la obra de Beevor va mucho más allá y nos cuenta con todo lujo de detalles el penoso y costoso avance de los ejércitos aliados a lo largo del interior del norte de Francia hasta la liberación de París y la consiguiente retirada alemana del país galo.

Este aspecto es, quizás, el que más me ha gustado de este libro, porque como digo, lo otro lo tenía, digámoslo así, más trillado, y salvo alguna excepción desconocía todos los pormenores de la campaña de Normandía, un batalla que se me ha revelado apasionante y que en muchos momentos rivalizó en crueldad y número de bajas con las que se libraban en el Frente del Este. Se combatió con gran brutalidad y salvajismo, y se dieron abundantes casos de crímenes de guerra, como por ejemplo, la ejecución de prisioneros por ambos bandos, la profanación y mutilación de cadáveres enemigos, y las matanzas de civiles a cargo de tropas de las Waffen-SS.


La ferocidad de los brutales combates librados en la campaña de Normandía es incuestionable, ya que como afirma el autor, en tan sólo 3 meses de aquel verano de 1944, la Wehrmacht sufrió casi 240.000 bajas y perdió otros 200.000 soldados que fueron hechos prisioneros por los aliados, mientras que el XXI Grupo de Ejército de británicos, canadienses y polacos sufrió más de 83.000 bajas, por más de 125.000 de los americanos (por su parte, las fuerzas aéreas aliadas, pese a su incontestable y abrumadora superioridad perdieron 16.714 hombres entre muertos y desaparecidos).

Beevor, tras largos años de trabajo en archivos que sus predecesores no pudieron consultar (más de 30, al parecer, en media docena de países), ha escrito lo que se me antoja una obra total sobre la referida campaña, aportando gran cantidad de nuevas fuentes, voces y anécdotas que hacen de "El Día D. La Batalla de Normandía" una lectura totalmente imprescindible y recomendable, no sólo a los aficionados del género, sino también a cualquier lector con ganas de sumergirse en este pedazo de nuestra historia.


El autor inglés incide en aspectos que, hasta la fecha, quizás no habían sido explorados todo lo profundamente que hubiera sido deseable en otras obras sobre la Operación Overlord y la liberación de Francia (seguramente habrá otros libros, pero un servidor no los ha leído). Así por ejemplo, en la obra objeto de esta reseña, el historiador británico hace referencia a las constantes disensiones, disputas y desacuerdos entre los jefes militares aliados. En atención a lo que cuenta el escritor, el papel del general Einsenhower como Comandante Supremo del SHAEF se me antoja decisivo, sumamente difícil y creo que no suficientemente valorado. Saber manejar semejante colección de egos (Montgomery, Patton, De Gaulle, Churchill, Declerc...) y salir, no solo airoso del envite, sino obtener además una rotunda victoria, es un mérito realmente increíble y digno de todos los elogios.

En particular, Beevor carga las tintas sobre 'Monty', un personaje que, permitidme la expresión era tan molesto y exasperante como un dolor de huevos (llegando incluso a sacar de quicio a sus compatriotas de la RAF, por ejemplo). Pese a que es cierto que las tropas anglo-canadienses tuvieron que lidiar en su sector con la mayor parte de las divisiones acorazadas nazis, es innegable que sus avances y movimientos fueron demasiado cautelosos y ralentizados al mínimo, cometiendo Montgomery innumerables y fatales errores de cálculo así como decisiones equivocadas que costaron más bajas de lo que hubiera sido deseable, llegando incluso a ocultar datos a sus aliados norteamericanos y maquillar o tergiversar la información, negándose siempre a reconocer sus errores y mostrándose siempre como un genio militar infalible y superior al resto de sus compañeros de armas.


Por el contrario, la llegada del indomable general Patton para hacerse cargo del 3er Ejército estadounidense, se reveló decisiva - pese a las luces y sombras que siempre acompañaron al viejo general "sangre y agallas" - y el impetuoso e imparable avance de sus blindados por tierras franceses supuso un importantísimo punto de inflexión, provocando la ruptura del frente y la desbandada de las tropas alemanas, que fue decisiva para el desenlace de la campaña.

Igualmente, el escritor británico detalla el increíble sufrimiento del pueblo francés, que padeció lo indecible, a causa, sobre todo, de los masivos bombardeos de la aviación aliada. Según Beevor, un total de 19.890 civiles murieron en Francia durante la liberacion de Normandía y el número de heridos graves fue muchísimo mayor. A estas cifras hay que añadir los 15.000 muertos y 19.000 heridos de los primeros cinco meses de 1944, durante los bombardeos preparatorios de la Operacion Overlord. En definitiva, un total de 70.000 civiles franceses resultaron muertos por la accion de los aliados durante la guerra (una cifra sensiblemente superior a las muertes británicas a causa de los bombardeos alemanes, por ejemplo).

Junto a ello, cabe destacar otro aspecto, que a mi juicio tampoco se había expuesto con claridad, como es el gran número de bajas sufridas por los aliados debido a lo que se conoce como "fuego amigo": muchas tropas de la primera línea del frente - incluso un general norteamericano, McNair -, debido sobre todo a una falta de coordinación, una deficiente planificación o una información errónea, cayeron víctimas de los masivos bombardeos de la artillería y aviación aliada.


Los alemanes, pese a las constantes injerencias y desvaríos de Hitler y lo heterógeneo y disgregado de gran parte de sus tropas - muchas de ellas formadas por prisioneros de guerra (rusos, polacos, etc..), por voluntarios Osttruppen o por una amalgama de diversas unidades de todo tipo que habían sido diezmadas o prácticamente aniquiladas - lucharon con dureza, determinación y una gran disciplina (sobre todo las fanáticas tropas de las SS, como la odiada y temida 12ª SS Panzer Division Hitler Jugend), pero era prácticamente imposible resistir ante la abrumadora superioridad de la maquinaria de guerra aliada.

La artillería y la aviación aliada (cazabombarderos P-47 Thunderbolt y Typhoon, sobre todo, así como los bombarderos pesados) machacó sin piedad las posiciones alemanas y, sin que la Luftwaffe pudiera oponer una mínima resistencia ni apoyar a las tropas de tierra, ingentes cantidades de vehículos y blindados alemanes fueron destruidos antes siquiera de que pudieran llegar a la línea del frente. Por mucho que los carros de combate alemanes fueran infinitamente superiores a los británicos y norteamericanos y aunque multitud de ellos fueron destruidos o inutilizados por los potentes cañones antitanque de 88 mm de que estaban provistas las tropas del Führer, la enorme cantidad de repuestos y reemplazos de que disponían los aliados fue decisiva.

En definitiva, una obra imprescindible que os recomiendo encarecidamente.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Las Raciones K

La Ración K era el kit de alimentación diaria soldado norteamericano que fue introducida por el ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Su creador fue Ancel Keys, profesor de la Universidad de Minnesota, un renombrado experto en dietética. Doctorado en Berkeley y Cambrigde, asesoró al Departamento de Defensa de EEUU durante la guerra y contribuyó a mejorar el valor nutritivo de las raciones de combate del ejército norteamericano, desarrollando la llamada "ración K".

Estas raciones de combate fueron pensadas para un día y estaban compuestas de tres partes o unidades distribuidas en otras tantas cajas o paquetes: desayuno (breakfast), comida (dinner) y cena (supper), siendo el color de los envases rojo, azul y verde, respectivamente. Dichos envases o embalajes eran parafinados, para ser resistentes al agua y al gas de combate.


La composición varió regularmente durante la guerra, pero generalmente estaban compuestas de dos paquetes de galletas, cigarrillos, chicles, azúcar (granulada, en cubitos o comprimida), café instantáneo y una llave para abrir las latas de conservas (las cuales podían ser de carne, huevos, fruta, queso, jugo de limón, naranja o uva). Ademas incluían papel higiénico, cerillas, tabletas para purificar agua, sal en tabletas, un paquete de caldo, chocolates, dulces, caramelos o barras de cereal. Las últimas comidas que salieron de la cadena de producción contenían una cuchara de madera y un abrelatas plegable (que sustituía a la llave original). Por ejemplo, un desayuno típico contenía huevos mezclados con jamón en una lata, galletas secas, una barra de frutas secas y otra de cereales, café soluble, azucarillos, cigarrillos (cuatro), chicles y tabletas de purificación de agua.

La Ración K no es sino el perfeccionamiento de un invento militar ya mencionado en el ejército imperial romano. Así, los legionarios recibían una ración diaria de un kilo y medio que totalizaba unas 3.500 kilocalorías, compuesta básicamente de una galleta, el bucellatum, a base de trigo, sal y aceite de oliva. Todo esto se complementaba con verduras, legumbres, frutas y carne seca o salada, así como aceite de oliva (sin contar, por supuesto, los víveres frescos comprados o saqueados). Para purificar el agua se utilizaba vinagre, un antibacteriano relativamente eficaz.


La ración aportaba al combatiente entre 2.800 y 3.000 kilocalorías diarias y estaba pensada para períodos de 2 o 3 días, como mucho. Evaluado por soldados en entrenamiento en los Estados Unidos o en condiciones poco realistas, este aporte se rebela insuficiente para cubrir las necesidades sobre el terreno real, estimadas en unas 3.600 kcal, sobre todo en los trópicos. Pero la fórmula es tan práctica y simplifica de manera tan eficaz la logística que es adoptada por todas las unidades y se convierte el avituallamiento “estándar” de las unidades en movimiento. Hasta tal punto el US Army abusa de la fórmula, dejando a los hombres sin otra alimentación durante semanas acarreando problemas de malnutrición crónicos. Por ejemplo, alimentados en un 80% por Raciones K, los Merril’s Marauders que operaban detrás de las líneas japonesas en Birmania perdían de media 16 kg de peso en cinco meses.

Fueron producidas entre 1942 y 1945 por R&D Laboratory's. El primer pedido de Raciones K es solicitado en mayo de 1942, la producción alcanza un pico de 105 millones en 1944 (el total de la producción parece ser desconocido, pero debe rondar alrededor de 250 a 300 millones). La producción está asegurada por los grandes especialistas de la industria agroalimentaria: Cracker Jack ( Chicago, Michigan), Chattem ( Chattanooga, Tennessee) Kellogg (Battle Creek, Michigan), etc. El ejército consciente de los límites de la fórmula, recomienda su abandono en 1946. Los stocks restantes serán distribuidos para la alimentación de los civiles de los países ocupados.

Las Raciones K no eran las únicas destinadas a alimentar las tropas en campaña. Con preferencia a la ración K, reservada principalmente en casos urgentes, los soldados reciben raciones frescas elaboradas por las cocinas de campaña (víveres frescos: Raciones A, víveres en lata: Raciones B) o distribuidas individualmente en latas (Raciones C, estas últimas, sustituyen progresivamente a las raciones K) La Ración D compacta y llena de energía (1800 kcal en tres barras de 113 gr) para el combate y la supervivencia, era fabricada por Hershey’s a base de chocolate, azúcar, harina de avena, manteca de cacao, leche en polvo y aroma artificial amargo destinado a impedir sus consumo como golosina (el conjunto no se fundía a menos de 50 grados). También existían otras raciones especiales, destinadas a las operaciones en la jungla, a las tripulaciones de avión, balsas de salvamento, tropas de asalto (Ración X).

Las Raciones K eran poco apreciadas por los soldados, parece ser por resultar excesivamente salado su contenido. Por ejemplo, Antony Beevor, en su libro "El Día D: La Batalla de Normandía", cuenta por ejemplo, como durante la campaña normanda "se popularizó un chiste que decía que los prisioneros de guerra alemanes se quejaba de que obligarles a comer las raciones K era una violación de la Convención de Ginebra". Dicho autor cuenta, incluso como la limonada en polvo con vitamina C se utilizaba para limpiar y fregar los platos.

Quizás por ello, y pese a su practicidad y su valor nutritivo, fueron remplazadas después de 1946 por las Raciones C, algo más sabrosas. El US Army introdujo en 1958 la ración Meal Combat Individual (MCI) más elaborada y equilibrada, ancestro de la actual Meal Ready to Eat (MRE) - ración de combate de las tropas americanas desde 1981 - que ofrece 3600 kcal diarias en tres comidas (con un consumo limitado a 21 días).

lunes, 18 de abril de 2011

Los Hiwis

Durante la Segunda Guerra Mundial un Hiwi (apócope del alemán Hilfswillige -"ayudante o auxiliar voluntario") era todo aquel soldado voluntario no alemán adscrito a la Werhmacht (Fuerzas Armadas Alemanas) y que prestaba todo de servicios auxiliares (tales como trabajos pesados, servicios en cocinas, establos, hospitales o almacenes, conductores de vehículos, mensajeros, labores de guardia y vigilancia de campos de prisioneros, carga y descarga, suministro de munición, cavar trincheras y construir búnkers o fortificaciones, etc.), llegando en algunas ocasiones incluso a luchar en el frente junto a los soldados alemanes o realizar acciones de sabotaje y combatir a los partisanos que hostigaban a las fuerzas de Hitler en la retaguardia. 

En teoría, los Hiwis eran desertores de los ejércitos que combatían contra los alemanes (fundamentalmente del Ejército Rojo) o civiles de los territorios ocupados que voluntariamente y por diversas razones (políticas e ideológicas o simple y pura superviviencia) decidían unirse a los ejércitos del Fürher y colaborar con los nazis. Así por ejemplo, muchos miembros de minorías étnicas no rusas como los ucranianos, bielorrusos, lituanos o estonios, a los que el régimen bolchevique de Stalin había masacrado, explotado y marginado, vieron al ejército invasor de la Alemania nazi como un libertador y se unieron a él para luchar contra los bolcheviques. Aparte de ese anti-bolchevismo, en otras ocasiones el fuerte antisemitismo de algunas de esas etnias era el motivo para enrolarse en las filas teutonas. 

Sin embargo, en la mayoría de los casos se trataba de soldados soviéticos, que su único motivo era tratar de sobrevivir. La crueldad y el trato inhumano que los oficiales del Ejército Rojo dispensaban a sus soldados, a los que enviaban directamente al sacrificio al lanzarlos en masa en ataques suicidas, mal armados y equipados (y bajo la constante amenaza de ser ejecutados en el acto si retrocedían o se retiraban) fueron la causa para que miles de ellos se pasaran al lado alemán transformándose en Hiwis. Conforme avanzaba la guerra, un gran número de Hiwis lo formaban prisioneros de guerra rusos, que alentados por las promesas de un mejor trato, de poder reunirse con sus familias y sólo para huir del penoso cautiverio, aceptaban ser reclutados de los campos de prisioneros para compensar la cada vez más acusada, escasez de hombres en las filas alemanas.

Antony Beevor, en su recomendable libro"Stalingrado", relata como un hiwi capturado por los soviéticos dijo a su interrogador de la NKVD (algo así como la policía militar del régimen bolchevique) que los rusos en el ejército alemán podían dividirse en 3 categorías: en primer lugar, las tropas voluntarias combatientes "Osstruppen" movilizadas por los propios alemanes (las llamadas secciones cosacas, la división de Vlasov o la Brigada Kaminski, que estaban adscritas a las divisiones teutonas); en segundo lugar, estaban los Hilfswilligen, que eran los civiles locales o prisioneros rusos voluntarios o aquellos soldados del Ejército Rojo que desertaban para unirse a los alemanes, quienes vestían el uniforme alemán completo con sus rangos e insignias y que al igual que los soldados alemanes estaban adscritos a regimientos alemanes. Y por último estaban los prisioneros rusos que hacían el trabajo pesado, las cocinas, los establos y demás.
Este Hiwi en concreto al que hace referencia el escrito británico, junto con otros 10 prisioneros había sido sacado del campo de prisioneros de Novo-Aleksandrovsk, para trabajar para el ejército alemán. Ocho de sus compañeros fueron ejecutados durante la marcha cuando se desmayaron por el cansancio y el hambre, y él fue destinado a la cocina de campaña de un regimiento de infantería donde pelaba patatas. Posteriormente se le envió a los establos a cuidar los caballos. Muchos de esos prisioneros rusos, que como él, fueron inducidos mediante promesas, para ir de voluntarios, pronto se dieron cuenta de la cruda realidad. Cuenta Beevor, que el citado Hiwi, en el interrogatorio relató como conoció a otros Hiwis ucranianos, quienes le contaron que se habían creído las octavillas propagandísticas que les repartieron y que confiaban en volver con sus esposas. Sin embargo, pronto iban a ser enviados al frente a combatir a sus compatriotas: si se negaban, los alemanes los fusilarían. Y si regresaban con los rusos, serían también ejecutados (como muchos otros que se rindieron o fueron hechos prisioneros y posteriormente liberados por el Ejército Rojo) por traidores.

Si bien Adolf Hitler estuvo en un principio en contra de aceptar desertores - y mucho menos, de una etnia considerada inferior como la eslava - dentro de las filas alemanas, el pragmatismo y la necesidad terminó por imponerse en las situaciones más desesperadas, aprovechando así de manera útil la ingente cantidad de prisioneros, fundamentalmente soviéticos, que habían sido capturados. Así, por ejemplo, en la Batalla de Stalingrado, el VI Ejército alemán al mando del Mariscal Paulus tenía más de 50.000 auxiliares rusos adscritos a sus divisiones en la línea del frente, lo que que representaba un cuarto de su fuerza. En concreto, la 71ª y 76ª Divisiones de Infantería tenían, según señala el citado Beevor, más de 8.000 Hiwis cada una, lo que representaba prácticamente el mismo número de soldados alemanes con los que dichas divisiones contaban. Algunas fuentes afirman que para la primavera de 1942 había 200.000 Hilfswillingen (ayudantes voluntarios) o Hiwis detrás de los ejércitos alemanes y que a finales de ese año la cifra alcanzó el millón.
Todo ello provocaba una cierta incomodidad o sensación de extrañeza entre los alemanes. Así un oficial alemán contaba en una carta dirigida a otro compañero lo siguiente: "Es preocupante que nos veamos obligados a reforzar nuestras tropas de combate con prisioneros rusos de guerra...Es una situación extraña que las bestias a quienes hemos estado combatiendo estén ahora viviendo con nosotros en la armonía más estrecha". No obstante, según afirma Beevor en su mencionado libro "Stalingrado", parece ser que, en líneas generales, las unidades alemanas del frente (sobre todo los soldados rasos, no tanto los oficiales) trataron de forma aceptable a los Hiwis, aunque con cierto grado de desprecio.

Los Hiwis de origen ruso que cayeron prisioneros del Ejército Rojo o fueron puestos en manos de los soviéticos por los mismos aliados (principalmente americanos, británicos y franceses), en su mayoría terminaron ejecutados sumariamente por traición o bien enviados al Gulag (donde millares de ellos también fueron ajusticiados o perecieron de hambre, frío y enfermedad). Para finalizar, os dejo otro testimonio (una nota encontrada a un prisionero ruso, seguramente un Hiwi) extraído de otro libro más que interesante del citado Antony Beevor ("Berlín - La Caída: 1945") que creo es bastante revelador del drama de estos pobres diablos: "Camaradas soldados, nos entregamos a vosotros y os pedimos un gran favor: decidnos, por favor, por qué estáis matando a los rusos encerrados en las prisiones alemanas. Resulta que nos capturaron y nos llevaron a trabajar para sus regimientos, y lo hicimos sólo por no morir de hambre. Ahora resulta que llevan a esas personas al lado ruso, a su propio ejército, y los fusiláis. ¿Por qué? os preguntamos ¿Es porque el mando soviético traicionó a esas personas en 1941 y 1942?".

Y eso es todo. Espero que os haya gustado. Otro día más...