Seguro que todos habéis escuchado o leido historias de soldados japoneses que después de terminada la
Segunda Guerra Mundial, se negaron a rendirse - no olvidemos que para ellos era un deshonor y la mayor deshonra que podía existir para un soldado imperial - y permanecieron ocultos durante mucho tiempo (años, o incluso décadas, como el caso de
Hiroo Onoda, que se rindió en
Filipinas en
marzo de ¡¡1974!!), en las espesas e inhóspitas junglas del sureste asiático o en pequeñas islas del
Pacífico, quedando aislados y sin comunicación con sus superiores ni con el resto del mundo.
En
Iwo Jima, como en otras muchas otras guarniciones japonesas derrotadas, después de la batalla hubo cientos de supervivientes, que no aceptaron entregarse a los estadounidenses y permanecieron escondidos en la maraña de túneles y cuevas que habían preparado para la defensa de la isla.
Iwo Jima (en la fotografía superior) era una pequeña isla volcánica, sin agua, prácticamente sin vegetación, y sin población civil, por lo que la supervivencia allí era todavía más difícil. Antes de que finalizase oficialmente la batalla (la isla fue declarada bajo control el 26 de
marzo de 1945), comenzaron a llegar a la isla miles de soldados estadounidenses, personal de la
USAAF y trabajadores civiles que ponían a punto las pistas de aterrizaje.
Iwo Jima se convirtió en una importante base aérea auxiliar para los bombarderos norteamericanos
B-29 Superfortress, a medio camino entre las bases de las
Islas Marianas y
Japón. Durante los meses de
abril y
mayo de 1945, cuando
Iwo Jima estaba ya oficialmente bajo el control de las fuerzas norteamericanas, centenares de japoneses resultaron muertos o fueron capturados por los soldados del
147º Regimiento de Infantería, que había quedado como guarnición en la isla tras la marcha de los
Marines (en la imagen inferior, en acción durante las operaciones de limpieza de la isla llevadas a cabo en el mes de
abril).
Algunos soldados japoneses aguantaron aún varias semanas más. Fue el caso de los tenientes Musashino y Taki, que sobrevivieron ocultos en cuevas en la costa oriental de la isla, alimentándose de lo que conseguían robar a las tropas estadounidenses durante las noches. Varias veces Musashino estuvo a punto de suicidarse con una granada, pero Taki siempre le disuadía de hacerlo. Una noche, el 8 o el 9 de junio de 1945, ambos fueron sorprendidos por el fuego de una ametralladora desde un puesto de vigilancia estadounidense. Taki cayó muerto con un balazo en la cabeza. Perdida toda esperanza, Musashino decidió ocultarse en un hueco entre las rocas y quedarse allí hasta a morir de hambre. El 16 de junio, delirando y al borde de la inanición, fue encontrado por una patrulla estadounidense. En contra de lo que esperaba, fue bien tratado por sus captores, quienes le llevaron a un hospital y le alimentaron hasta que acabó totalmente recuperado, permaneciendo en un campo de prisioneros hasta el final de la guerra.
En 1949 la
USAAF mantenía todavía activa la base aérea de
Iwo Jima, aunque, lógicamente, tenía mucho menos movimiento que durante la guerra. Los bombarderos
B-29 y los cazas
P-51 Mustang habían desaparecido y únicamente se mantenían varios equipos de ayuda a la navegación aérea controlados por personal de las fuerzas aéreas y una guarnición de la
Guardia Costera de los EE.UU. En el extremo norte de la isla, a unos 6 kms. de la base principal, había una estación de radio. Todas las mañanas alguno de los hombres destinados en la estación tenía que acudir a la base para cumplir con el trámite burocrático de solicitar al encargado de vehículos que les renovase el permiso para disponer de un
jeep.
El 6 de enero de 1949, el encargado de renovar ese permiso, era el cabo Ellis, que bajó a la base acompañado por el cabo Pete, un operador de radio. Cuando iban con su jeep por la carretera que recorría todo el perímetro de la isla, los dos soldados vieron a dos hombres caminando y pararon junto a ellos para ofrecerse a llevarles hasta la base. Eran dos hombres de rasgos orientales vestidos con uniformes del ejército y chalecos militares varias tallas más grandes de lo que les hubiese correspondido. Los norteamericanos no se sorprendieron demasiado, ya que días atrás había llegado a la isla un barco chino para recoger chatarra (vehículos abandonados y otros restos de la batalla, que todavía se podían encontrar por toda la isla, como la que se observa en la fotografía de aquí arriba), y supusieron que eran miembros de la tripulación de ese barco que estaban dando una vuelta por la isla. Los orientales aceptaron subir al jeep y fueron con Ellis y Pete hasta la base. Aparte de que no parecían entender el inglés tampoco se mostraron muy comunicativos. Cuando los soldados estadounidenses llegaron a su destino se dirigieron a las oficinas de la base dejando a sus dos acompañantes en el jeep. Al salir los dos hombres habían desaparecido. Los norteamericanos regresaron a la estación de radio, sin darle mayor importancia a su extraño encuentro.
Al mediodía, para la comida,
Ellis y
Pete volvieron a bajar a la base principal acompañados por su superior, el
sargento Donald Cook. Allí nadie hablaba de otra cosa: el sargento de suministros había capturado a dos japoneses que había encontrado justo en mitad de la base, junto al asta de la bandera.
Los hombres capturados fueron interrogados y contaron su historia: eran dos soldados de la
Marina Imperial, dos jóvenes japoneses de origen campesino llamados
Matsudo Linsoki y
Yamakage Kufuku (en la imagen superior, por ese orden). Habían permanecido 4 años escondidos en cuevas durante el día y saliendo únicamente por las noches para buscar agua y alimentos. Según dijeron habían decidido rendirse cuando escuchando una radio que habían robado a los estadounidenses oyeron villancicos en una emisora de
Tokio, lo que les hizo suponer que
Japón había perdido la guerra. Habían tratado de entregarse a
Ellis y
Pete cuando les vieron acercarse en el
jeep, pero se encontraron con que en lugar de detenerles los dos soldados les habían dejado abandonados en medio de la base norteamericana.
Más tarde los japoneses acompañaron a sus interrogadores a mostrarles el escondite donde se habían estado ocultando, una cueva cercana al punto de la carretera donde les habían encontrado
Ellis y
Pete, con alambre de púas en la entrada para evitar que algún soldado estadounidense se asomase por allí para curiosear. Allí se resolvieron algunos pequeños misterios, como el paradero de las latas de jamón que habían desaparecido en
Navidad, o el de otros objetos que de vez en cuando alguien había echado en falta en la base.
Fuentes:
http://nonsei2gm.blogspot.com.es/2011/04/los-ultimos-de-iwo-jima.html
http://www.wanpela.com/holdouts/profiles/linsoki.html