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miércoles, 20 de febrero de 2013

Citas Literarias (7)

"Cualquier soldado alemán que mostrara compasión por los sufrimientos de los prisioneros soviéticos era objeto de burla por parte de sus compañeros. La inmensa mayoría de ellos consideraba a los cientos de miles de prisioneros poco más que alimañas. Las lamentables condiciones de suciedad en las que se hallaban, como consecuencia del trato recibido, no hacían más que reforzar los prejuicios inspirados por la propaganda de los últimos ocho años. De ese modo, las víctimas eran deshumanizadas como si aquello fuera el cumplimiento de un profecía. Un soldado encargado de la vigilancia de una columna de prisioneros soviéticos escribía a su casa que estos comían "hierba como si fueran ganado". Y cuando pasaban por delante de un campo de patatas, "se tiran al suelo, cavan con las uñas y se las comen crudas". A pesar de que el elemento fundamental de la Operación Barbarroja según los encargados de su planificación habían sido las batallas de envolvimiento, las autoridades militares alemanas habían hecho deliberadamente muy poco para prepararse para la captura masiva de prisioneros. Cuantos más murieran por abandono, menos bocas habría que alimentar.

Un prisionero de guerra francés describía la llegada de un grupo de soldados soviéticos a un campo de la Wehrmacht en territorio del Gobierno General en los siguientes términos: "Los rusos llegaban en filas, de cinco en cinco, cogidos del brazo, pues ninguno podía caminar por sí solo; 'esqueletos ambulantes' es la única descripción que les habría cuadrado. El color de su rostro no era ni siquiera amarillo, sino verdoso. Casi todos llevaban los ojos semicerrados, como si no tuvieran fuerza para fijar la vista en nada. Caían por filas, cinco hombres a la vez. Los alemanes se precipitaban sobre ellos y los golpeaban con las culatas de sus fusiles y con látigos".

Posteriormente los oficiales alemanes intentaron atribuir el trato dispensado a los tres millones de prisioneros de guerra capturados en el mes de octubre a la falta de tropas para vigilarlos y a la escasez de medios de transporte para asegurar su alimentación. Sin embargo, miles de prisioneros del Ejército Rojo murieron durante las marchas forzadas simplemente porque la Wehrmacht no quiso que ni sus vehículos ni sus trenes se "infectaran" con la presencia de aquella masa de hombres "malolientes". No habían sido preparados campos de prisioneros de ningún tipo, de modo que decenas de millares de ellos fueron amontonados como ganado a la intemperie en recintos vallados con alambre de espino. Apenas se les daba de comer y de beber. Todo ello formaba parte del Plan Hambre diseñado por los nazis para exterminar a treinta millones de ciudadanos soviéticos y acabar así con el problema de "superpoblación" de los territorios ocupados. Los heridos eran dejados al cuidado de los doctores del Ejército Rojo, a quienes por lo demás se privaba de todo tipo de suministros médicos. Cuando los guardias alemanes arrojaban por encima de las alambradas cantidades totalmente insuficientes de pan, se divertían mirando cómo los hombres se peleaban por él. Solo en 1941 murieron de hambre, de enfermedad o de exposición a la intemperie más de dos millones de prisioneros soviéticos".

Antony Beevor - "La Segunda Guerra Mundial" (págs.295-297)

miércoles, 7 de marzo de 2012

Auxiliares Extranjeros en el Ejército Japonés


La sociedad japonesa era profundamente racista y todos los gaijin o extranjeros eran considerados intrínsecamente inferiores incluso a los japoneses más modestos. El Ejército Imperial Japonés no quería emplear personal de los territorios ocupados, pero una excepción a ello fue la formación de unidades de incursión entre los Takasago, una tribu indígena amiga de las tierras altas de la Isla de Formosa (también conocida como Taiwan - la principal isla de las que componen la actual República China - que era una dependencia colonial del Imperio Japonés desde 1895), que tenían fama de ser grandes luchadores y de tener una gran capacidad de supervivencia en la selva.

Los voluntarios taiwaneses fueron entrenados en la Escuela Militar de Nakano en tácticas de infiltración, guerra de guerrillas, lucha en la jungla, demoliciones, camuflaje, etc..., y aunque inicialmente fueron asignados en unidades de transporte y apoyo, la falta de personal que comenzó a acusar el Ejército japonés conforme avanzaba la guerra, llevo al alto mando nipón a utillizarlos como unidades de combate que lucharon en las Filipinas, las Indias Orientales Holandesas, las Islas Salomón y Nueva Guinea, contra las fuerzas estadounidenses y australianas. Se estima que entre 1800 y 5000 voluntarios Takasago prestaron servicio en el Ejército Imperial Japonés.  Estas tropas taiwanesas llevaban el uniforme tropical estándar del ejército japonés sin ningún tipo de insignia especial: la única concesión a su nacionalidad era el derecho a usar la espada tribal tradicional (giyuto o espada de lealtad y coraje)


En concreto, un buen número de ellos, fueron encuadrados en las Compañías de Incursión Takasago 1ª y , con cuadros de mando japoneses, y en mayo de 1944 fueron asignadas al 2º Ejército de Área, responsable de las Indias Orientales Holandesas, con cuartel general en Menado. Luego, la 2ª Compañía fue enviada a la isla de Morotai (Nueva Guinea), para misiones de guía y lucha antiguerrilla, mientras que la 1ª Compañía quedó estacionada en la isla filipina de Luzón de camino a Nueva Guinea,  al desembarcar las fuerzas de EEUU en Leyte (Filipinas) el 20 octubre de 1944. Por una vez, la superioridad aérea estadounidense no fue determinante: las operaciones acusaron las lluvias monzónicas y el mal estado de las pistas, y los escuadrones japoneses de las otras islas filipinas disputaron valientemente el control del espacio aéreo.


El mando japonés decidió entonces usar la 1ª Compañía de Incursión Takasago para realizar un ataque aerotransportado contra los dos aeródromos de Burauen, que habían quedado en manos norteamericanas en la misma cabeza de playa, en el centro de la costa oriental de Leyte, convirtiéndose en la principal base estadounidense en la zona. Los guerrilleros de la 1ª Compañía tuvieron que recibir un rápido entrenamiento en operaciones aerotransportadas, tras el cual la unidad fue rebautizada con el nombre de Destacamento de Asalto Aerotransportado Kaoru (también conocida como Unidad Kaoru). El plan consistía en un aterrizaje por sorpresa de 4 aviones de transporte "Tabby" (Showa/Nakajima L2D) (en la imagen superior), con diez hombres en cada uno de ellos, tras el cual, los comandos taiwaneses armados con cargas de demolición, debían destruir las instalaciones y el mayor número posible de aviones enemigos.


La misión, al mando del teniente Shigeo Naka, no era esencialmente suicida, pero lo cierto es que las posibilidades de éxito eran mínimas y no existía un plan de regreso o evacuación de los guerrilleros, que debían huir tras el ataque, ocultarse en la jungla y arreglárselas por sí mismos. Aunque contaban con el elemento sorpresa de un ataque tan audaz como inesperado, casi podría decirse que el ataque en sí era la menor de las dificultades a la que los atacantes debían enfrentarse, pues los aviones tenían primero que orientarse correctamente en vuelo nocturno, localizar los aeródromos y lograr tomar tierra en ellos.

La Unidad Kaoru fue puesta en alerta el 22 de noviembre 1944, y en la noche del 26 del mismo mes los 40 guerrilleros partieron a bordo de los 4 aviones "Tabby" del campo de aviación de Lipa, al sur de Manila. El vuelo fue a muy baja altura para evitar los cazas estadounidenses, y dos horas después del despegue los pilotos informaron que estaban sobre el objetivo. Esta fue la última comunicación que se recibió de ellos. Como al día siguiente no hubo actividad de la aviación norteamericana en la Bahía de Ormoc, en la costa occidental de Leyte, donde los japoneses estaban desembarcando refuerzos, el mando nipón supuso que la misión se había completado con éxito. Sin embargo, la realidad era que el ataque había sido un completo desastre: tres los cuatro transportes erraron en sus objetivos y aterrizaron en campos distintos de los que estaban previstos, y el cuarto fue derribado.


Uno avión aterrizó en una playa junto al aeródromo de Dulag. Cuando una patrulla estadounidense se acercó, los japoneses abrieron fuego contra ellos. En el tiroteo subsiguiente resultaron muertos dos de los comandos. Los demás alcanzaron la orilla a nado y huyeron. El segundo avión aterrizó en Bito Beach, cerca del campo de Abuyog. En un enfrentamiento con soldados estadounidenses murió uno de los guerrilleros, el resto logró ocultarse en la selva. El tercer avión sí encontró los aeródromos de Burauen, pero fue alcanzado por el fuego de los antiaéreos y se estrelló sin que hubiese supervivientes. El cuarto erró su curso y aterrizó cerca de Ormoc, donde estaban desembarcando los refuerzos japoneses, uniéndose a ellos los guerrilleros taiwaneses.

No se sabe qué ocurrió con los supervivientes de los dos primeros aviones, que desaparecieron en la jungla sin dejar rastro. Es posible que continuasen combatiendo como guerrilleros por su cuenta o se uniesen a las tropas de la 16ª División, que se enfrentaba a los desembarcos enemigos entre la costa oriental y la cordillera central de la isla filipina.


Junto a los Takasago, el Ejército Imperial Japonés también empleó a un buen número de coreanos. Corea había sido anexionado por Japón en 1905, convirtiéndola en su colonia en 1910. Los coreanos eran vistos por los japoneses con un abierto desdén racial y había resistencia a emplearlos en la milicia; sin embargo, hacia 1942, la escasez de personal que las fuerzas armadas imperiales estaban empezando a sufrir llevó a reconsiderar su postura inicial con el resultado de que un total de 200.000 coreanos fueron evaluados por las oficinas de reclutamiento japonesas, dando finalmente el visto bueno a 130.000. La mayoría de ellos se usaron estrictamente en labores de apoyo y construcción, y encuadrados en unidades de obras que preparaban defensas y fortificaciones o aérodromos en las islas del Pacífico. Los coreanos sirvieron principalmente en las Unidades de Construcción e Ingeniería Civil de la Marina (Kaigun Kenchiku Shitetsu Butai) formadas por 1.000 hombres, mandadas por oficiales japoneses y con 100 vigilantes japoneses armados.

Otros coreanos fueron destinados a las islas metropolitanas, desempeñando tareas de apoyo que liberaban a reclutas japoneses para el servicio en combate. Los japoneses los consideraban más como trabajadores que como soldados y raramente les entregaron armas. Pero cuando la escasez de personal se hizo severa algunas pequeñas unidades de coreanos lucharon junto al Ejército japonés durante las últimas fases de la guerra en Nueva Guinea y Birmania.


Un caso distinto era el de los Gunzoku, unos civiles militarizados que sirvieron en las fuerzas armadas japonesas en tareas de apoyo y que llevaban sus propios uniformes e insignias. Los japoneses solían presentarse voluntarios para este tipo de trabajos, pero también se reclutó forzosamente a un gran número de coreanos. El número total de coreanos que pasaron por el Gunzoku durante la guerra fue de unos 150.000, de los cuales 80.000 sirvieron en la Marina Imperial y 70.000 en el Ejército.

Ahora bien, antes de que empezase el reclutamiento obligatorio, unos cuantos coreanos se habían presentado voluntarios, de los que aproximadamente 3.000 sirvieron como guardias en los campos de prisioneros aliados. Estos auxiliares coreanos tenían una condición extremadamente baja y eran tratados brutalmente por sus superiores japoneses (en un ejército que ya no se distinguía precisamente por la consideración hacia sus soldados). Ellos, a su vez, se ganaron entre los prisioneros aliados la reputación de ser especialmente brutales y crueles. Los guardianes de campos estaban considerados por debajo del nivel más bajo del escalafón militar, y había unidades de coreanos mandadas por suboficiales (hubo incluso algún campo de prisioneros en el que los guardias coreanos estaban a las órdenes de un cabo).


Fuentes:
http://nonsei2gm.blogspot.com/2011/04/el-destacamento-kaoru-y-el-ataque.html
http://en.wikipedia.org/wiki/Takasago_Volunteers
Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: "Los comandos suicidas y otras unidades japonesas" de Philip Jowet

martes, 28 de febrero de 2012

Testimonios de la 2ª Guerra Mundial (10)


"Nosotros nos vengábamos a nuestra manera. Los japoneses nos obligaban a construir sus chozas cada vez que nos mudábamos de lugar y estábamos todos llenos de chinches, piojos y cualquier bicho imaginable. Pasábamos una de las tres horas de descanso recogiendo piojos y chinches, los metíamos en latas o en lo que encontrábamos, y cuando terminábamos de construir sus chozas, desparramábamos aquellos bichos dentro. Era una de nuestras formas de vengarnos y nos encantaba. Nos procuraba cierto entretenimiento: luego lo comentábamos y nos reíamos, esa clase de cosas."

Prisionero de guerra británico capturado por los japoneses durante la campaña de Malasia


Fuente: "Un Mundo en Guerra: Historia Oral de la Segunda Guerra Mundial" de Richard Holmes

miércoles, 1 de febrero de 2012

Los Alamo Scouts


Los Alamo Scouts (U.S. 6th Army Special Reconnaissance Unit)  fue una unidad de reconocimiento de largo alcance que sirvió en el VI Ejército de los Estados Unidos en el teatro de operaciones del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y que se destacó por realizar acciones de exploración, infiltración y reconocimiento táctico detrás de las líneas enemigas. Los "Exploradores del Álamo" pueden ser considerados precursores de las Long Range Reconnaissance Patrol (LRRP),  patrullas de reconocimiento de larga distancia del ejército de los EEUU que surgieron muchos años después.

Entre julio y diciembre de 1943 una pequeña unidad de reconocimiento, los Scouts Amphibious, compuesta por soldados americanos y australianos, llevó a cabo varias misiones exitosas en Nueva Bretaña (Islas Bismarck, Papúa-Nueva Guinea). El General Walter Krueger, comandante del VI Ejército de los EEUU, reconoció el valor de la unidad y decidió crear un grupo de reconocimiento y operaciones especiales formado por voluntarios que se llamaría Alamo Scouts, en honor a los defensores del famoso fuerte de San Antonio (Texas) - ciudad de origen del citado general - por los que profesaba una gran admiración.


Así pues, el 28 de noviembre de 1943 Krueger (en la imagen superior) ordenó la formación del centro de entrenamiento de los Álamo Scouts (ASTC - Alamo Scouts Training Center) en Kalo Kalo (Fergusson Island (Nueva Guinea)) bajo el mando del Coronel Frederick W. Bradshaw, con la finalidad de entrenar y seleccionar voluntarios para llevar a cabo misiones de reconocimiento táctico de largo alcance y profundas incursiones detrás de las líneas enemigas mediante pequeños grupos de soldados para recopilar todo tipo de información útil para las operaciones del VI Ejército. Con el tiempo la unidad fue evolucionando de una simple unidad de reconocimiento, a un grupo sofisticado de inteligencia que realizaba tareas de apoyo táctico y coordinación de operaciones de guerrilla y sabotaje a gran escala en Leyte y Luzón (Islas Filipinas), interviniendo en muchas misiones para liberar prisioneros de guerra de los campos de concentración japoneses.


Los voluntarios llegaron de distintas unidades de combate del VI Ejército de los EEUU - muchos de los soldados eran originarios del 158° Regimiento de Infantería Bushmasters, una unidad de la Guardia Nacional formada previamente de hombres de Arizona y de Nuevo México que habían entrenado intensivamente en las selvas de Panamá antes de partir hacia el Pacífico - y tenía que superar varias pruebas eliminatorias, más una entrevista final con el director del ASTC.

Caso de superar con éxito las pruebas de selección eran enviados a la base de los Alamo Scouts en Kalo Kalo (que además de centro de entrenamiento servía como base para los distintos equipos operacionales), donde los aspirantes eran entonces sometidos a un duro e intenso curso de entrenamiento de 6 semanas que consistía en ocho áeras principales de habilidades: a) Uso y manejo de lanchas y botes de goma;  b) Inteligencia militar;  c) Exploración, reconocimiento y patrulla; d) Navegación;  e) Comunicaciones y  f) Armas y preparación física.  

Además del inicial centro de entrenamiento establecido en Kalo Kalo, con posterioridad se crearon otros: uno en Mange Point (también en Nueva Guinea), dos en Cabo Kassoe (Nueva Guinea Holandesa), otro en la desembocadura del río Cadacan en Leyte (Filipinas) y tres más en Mabayo (Subic Bay) en Luzón también en las Islas Filipinas.


Los candidatos también recibían adiestramiento en primeros auxilios avanzados en la selva, supervivencia en el agua con equipamiento completo, combate cuerpo a cuerpo, etc. La cantidad de aspirantes de cada curso/promoción osciló entre 45 a 100 hombres por promoción. Entre el 27 de diciembre de 1943 y el 2 de septiembre de 1945, superaron ese duro entrenamiento un total de 9 promociones (unos 250 soldados y 75 oficiales, en total), aunque solamente 117 soldados y 21 oficiales sirvieron de manera activa en los Álamo Scouts (los demás que superaron el riguroso entrenamiento fueron enviados de regreso a sus respectivas unidades donde enseñarían y desarrollarían sus nuevas habilidades).

La fuerza operativa de los Alamo Scouts estuvo formada normalmente por un contigente de unos 70 hombres. Los soldados que finalmente  ingresaron en esta unidad de élite votaban de manera secreta con que compañeros preferían estar acompañados durante sus arriesgadas misiones, así como bajo el mando de que oficial deseaban realizarlas. A su vez, los oficiales también seleccionaban personalmente los soldados que integrarían los equipos operacionales en cada misión concreta. Se formaron 10 equipos de Alamo Scouts, cada uno de los cuales estaba integrados por 1 oficial y 5 o 6 soldados.


Aunque parece ser que cerca de un 1/4 de los alistados en los Alamo Scouts eran indios nativos americanos de unas 20 tribus (cherokee, navajo, chippewa, sauk, seminole, papago, lobos, chitimacha, sioux, pawnee, etc.) - y quizás por este motivo el emblema de la unidad era precisamente la cabeza de un indio  norteamericano - lo cierto es que tales soldados no suponían la mayoría de los integrantes de la unidad como se suele creer mayoritariamente, pues también la formaban un nutrido grupo de  filipinos y  norteamericanos de origen caucásico e hispano.

En sus primeros dos años de vida, los Alamo Scouts consiguieron la liberación de 197 prisioneros de guerra aliados en Nueva Guinea (entre ellos 66 soldados holandeses). En febrero de 1945, colaboraron con el 6º Batallón de los Rangers  y unos 250 guerrilleros filipinos, realizando labores de reconocimiento y apoyo táctico, durante el famoso raid sobre el campo de prisioneros de Cabanatuan (Luzón, Filipinas), que permitió la liberación de 511 prisioneros de guerra aliados (norteamericanos, británicos, filipinos, holandeses, etc.). Durante sus misiones, también les fue reconocida  la captura de 84 prisioneros de guerra japoneses.

En junio de 1945, los Alamo Scouts estaban entrenándose para llevar a cabo las misiones de exploración y reconocimiento en la isla japonesa de Kyushu, en el marco de la Operación Olympic, la primera fase de la proyectada invasión aliada de Japón (Operación Downfall), pero tras la rendición japonesa fueron enviados a Wakayama y formaron parte del ejército de ocupación. La unidad fue desmantelada en Kyoto (Japón) en noviembre de 1945.


Los Alamo Scouts llevaron a cabo un total 106 misiones detrás de la líneas enemigas en el Pacífico, principalmente en Nueva Guinea y Filipinas, sin perder un solo hombre, consiguiendo así tener uno de los registros más inmaculados de todas las unidades de élite de la Segunda Guerra Mundial. Sus miembros obtuvieron un total de 118 condecoraciones, incluidas 44 Estrellas de Plata, 33 Estrellas de Bronce, 4 Soldier Medals y varios Corazones Púrpura. En 1988, a la unidad se le concedió la insignia de hombro de las fuerzas especiales en reconocimiento por sus servicios en la Segunda Guerra Mundial.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Reseñas Libros: "El Holocausto Asiático"

"El Holocausto Asiático" ('Horror in the East') del británico Laurence Rees - escritor, productor y director creativo de la BBC en programas sobre historia y series documentales - es un interesantísimo y recomendable (a la par que breve y ameno) libro sobre las innumerables atrocidades cometidas por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa (1937-1945) y la Segunda Guerra Mundial en los escenarios de Asia (Birmania, Hong Kong, Singapur, Malasia, China...) y en las Islas del Pacífico.

Unos crímenes execrables que nada tienen que envidiar a los perpetrados en el Frente Oriental Europeo por la Alemania Nazi o el Ejército Rojo y que en muchas ocasiones incluso los superan con creces en número y en crueldad.

El terrible genocidio de Nanking en 1937 (más de 300.000 prisioneros y civiles asesinados) y las otras matanzas y violaciones en masa de civiles llevadas a cabo en China, los enterramientos vivos, las prácticas de bayoneta y espada realizados con campesinos y prisioneros vivos, los experimentos con armas bacteriológicas y biológicas, la realización vivisecciones y otras prácticas médicas y quirúrgicas con personas vivas, las mujeres obligadas a la fuerza a prostituirse en burdeles para las tropas, la brutalidad y maltrato sistemático contra los prisioneros de guerra (por ejemplo, en el campo de Sandakán (Malasia) sólo sobrevivieron 6 prisioneros de un total de 2.500, víctimas del hambre, la sed, las enfermedades, las extenuantes marchas por la selva y los trabajos forzosos), el canibalismo practicado sobre cadáveres de soldados australianos (o incluso prisioneros vivos) en Nueva Guinea, los suicidios colectivos o los ataques de los kamikazes, se dan cita en las páginas de la obra de Laurence Rees.

A través de una serie de testimonios de víctimas y, lo que es más interesante, de los propios verdugos, el autor no sólo da un somero repaso al amplio catálogo de brutalidades y tropelías cometidas por los nipones contra los combatientes enemigos, los prisioneros de guerra y la población civil, sino que además trata de encontrar respuestas e intentar explicarse estos terribles hechos. ¿Por qué si los japoneses habían tratado humanamente a sus prisioneros en la Primera Guerra Mundial, se comportaron tan cruelmente en la Segunda? Si el antiguo código del guerrero japonés y de los samurais le obligaba a impedir que fuera capturado, pero también a tratar con amabilidad a aquellos que se le rendían, ¿por qué en la Segunda Guerra Mundial todo eso cambió drásticamente? Este libro es, a la vez, una respuesta a esas (y otras cuestiones) - que obviamente no voy a desvelar, eso lo dejo para vosotros - y un alegato contra la brutalidad y el sinsentido de la guerra.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La Fuga Suicida de Cowra

La fuga más numerosa, y a la vez más trágica, de la Segunda Guerra Mundial, se produjo en el campo de prisioneros de guerra de Cowra, un distrito agrícola en el valle Lachlan de Nueva Gales del Sur (Australia), a unos 300 kms al oeste de Sydney.

La denominación oficial del recinto era Prisoner of War Camp nº 12, y encerraba entre sus alambradas unos 4.000 hombres, militares y civiles pertenecientes a países del Eje y algunos indonesios detenidos a petición de las autoridades de las Indias Orientales Holandesas acusados de colaborar con el enemigo. El campo de prisioneros de Cowra ocupaba un área de más de 30 hectáreas. Tenía una forma octogonal, dividido en cuatro partes por dos carreteras de 700 metros de largo, conocidas como “No Man’s Land” (que iba en sentido este-oeste y tenía 10 metros de ancho, incluidas las alambradas que lo delimitaban) y “Broadway” (llamada así por su iluminación nocturna, que servía de camino de acceso al campo y vía principal, tenía una anchura de 45 metros y lo recorría en dirección norte-sur). Alrededor del perímetro del campo había tres vallas, con metros de alambradas entre ellas. El campo contaba con seis torres de vigilancia, de casi nueve metros de altura, con ametralladoras Vickers. El perímetro estaba regularmente recorrido por guardias armados pertenecientes al 22nd Garrison Battalion de la Milicia Australiana, formada en su mayoría por veteranos o jóvenes considerados físicamente incapaces para su servicio en el frente.

Dos de los sectores, los llamados A y C, acogían a los prisioneros de guerra italianos, que sumaban aproximadamente la mitad del total, y a los indonesios. En el sector D estaban los oficiales japoneses junto a los prisioneros de Formosa y Corea, que servían en su mayoría como auxiliares en el ejército japonés. Los prisioneros del sector B (que fue en el que se produjeron los hechos que hoy os cuento) eran todos japoneses, que hacían un total de 1.104 hombres, todos ellos suboficiales y tropa, capturados en su mayoría en Nueva Guinea y las Islas Salomon.

Debe precisarse que el trato que los australianos dieron a sus prisioneros de guerra fue en general más que correcto, de acuerdo siempre a la Convención de Ginebra. Incluso permitieron a miles de prisioneros italianos trabajar en granjas sin ningún tipo de vigilancia (y en el momento de los sucesos de Cowra las autoridades australianas estaban considerando dar trabajo también a los prisioneros japoneses). Sin embargo, pese a ese trato correcto, la relación entre los presos japoneses y sus guardias era difícil, a causa de las grandes diferencias culturales. A diferencia de los italianos, que aceptaban con normalidad su condición de prisioneros y se limitaban a esperar pacientemente el fin de la guerra, los soldados japoneses capturados se sentían avergonzados de su condición. En agosto de 1944 había en Australia 14.720 prisioneros de guerra italianos, capturados principalmente en la campaña del Norte de Africa, 1.585 alemanes, en su mayoría marinos mercantes o de la Kriegsmarine, y 2.223 japoneses, incluyendo 544 marinos mercantes. Estaban repartidos en 28 campos de internamiento.

Durante la noche del 4 al 5 de agosto de 1944, los 1.104 prisioneros japoneses internados en el sector B del campo emprendieron una masiva fuga suicida saltando las alambradas. Antes, se habían distribuido las armas disponibles (cuchillos, bates de béisbol, palos y estiletes hechos con alambre, que pueden verse en la imagen de aquí arriba) y se había dividido a los hombres en grupos a los que asignaron distintos objetivos. Se decidió que antes del inicio de la evasión los prisioneros incapacitados para participar en la fuga por lesión o enfermedad pudiesen suicidarse para salvar su honor. Algunos de los líderes de la fuga también optaron por quitarse la vida cuando terminaron todos los preparativos sin llegar a participar directamente en el intento de evasión. Fue el caso del contramaestre Enji Kakimoto, piloto de caza de la Marina Imperial y as de la aviación japonesa, que se ahorcó en su barracón momentos antes del inicio de la rebelión.

Esa madrugada, poco antes de las 2, un japonés corrió a las puertas de campo y gritó lo que parecía ser una advertencia a los guardias. Entonces sonó una corneta japonesa. Esa era la señal convenida para el inicio de la rebelión (el corneta, Hajimi Toyoshima, piloto de la Marina derribado en el raid contra Darwin, que había sido el primer prisionero japonés capturado por los australianos en la guerra). Un guardia hizo un disparo de advertencia. Más guardias dispararon cuando una avalancha de presos, en cuatro grupos separados, gritando "Banzai", se abalanzaron sobre las alambradas. Dos de los grupos se dirigieron al perímetro exterior del campo, en las caras sur y oeste, los otros dos trataron de cruzar Broadway para llegar al sector D, donde se encontraban el resto de los prisioneros japoneses, y a los barracones de la guarnición australiana. Mientras tanto, los que no participaron en la primera oleada prendieron fuego a los barracones. Poco tiempo después, la mayor parte de los barracones del sector B estaba ardiendo. Para atravesar las alambradas tiraban sobre ellas mantas y ropas de invierno. Se lanzaron al asalto a los puestos de ametralladoras armados únicamente con sus armas improvisadas, mostrando un desprecio suicida por la propia vida.

Los guardias australianos Benjamin Hardy y Ralph Jones, hicieron fuego con su ametralladora Vickers contra la primera oleada de asaltantes pero, abrumados por la superioridad numérica, fueron incapaces de detenerlos y resultaron muertos. Jones antes de morir logró quitar y ocultar el cerrojo del arma, inutilizándola e impidiendo así que los fugados pudiesen utilizarla contra los guardias. Por su acción, Hardy y Jones fueron condecorados póstumamente con la George Cross. Los intentos de atravesar Broadway fracasaron. Retenidos por un intenso fuego, unos 200 hombres se refugiaron en una zanja de la que sólo salieron al amanecer para rendirse. Por contra, la mayor parte de los prisioneros de los grupos que trataron de cruzar el perímetro exterior lograron escapar. Algunos se suicidaron o murieron a manos de sus compatriotas antes de lograr escapar.

En total murieron durante la fuga 3 guardias australianos y otros 3 resultaron heridos. Además de los soldados Hardy y Jones, el tercer australiano muerto fue el soldado Charles Shepherd, que resultó herido de muerte en el asalto al perímetro de Broadway. La fuga se saldó con un total de 209 prisioneros japoneses muertos (31 de ellos se suicidaron, otros murieron en los incendios de los barracones) y 298 heridos, algunos con heridas autoinfligidas tratando de quitarse la vida.

Lograron escapar del campo de prisioneros un total de 359 soldados nipones, sin embargo, la mayoría de ellos fueron capturados o se rindieron sin ofrecer resistencia - incluso se dieron casos (al menos dos) de fugitivos capturados por civiles -. Otros, unos 25 hombres, se suicidaron antes de ser capturados. Dos de ellos se tiraron bajo un tren, otros muchos se colgaron. Los últimos fugados vivos fueron capturados 10 días después de la evasión; algunos llegaron hasta Eugowra, a más de 50 km de distancia de Cowra.

Entre la población civil australiana no hubo ninguno herido ni muerto, ya que los líderes de la fuga habían prohibido a sus hombres hacer daño a los civiles australianos. El único muerto en las operaciones de captura de los prisioneros fue el teniente Harry Doncaster, del 19th Australian Infantry Training Battalion, asesinado a 11 kms al norte de Cowra.

La naturaleza de esta fuga masiva encajaba perfectamente con la mentalidad de los soldados japoneses. Teniendo en cuenta que para ellos el rendirse o ser hecho prisionero era una vergüenza y un deshonor que difícilmente podría ser borrado, la huida se convirtió prácticamente en un suicidio, acorde con las cargas banzai llevadas a cabo durante la guerra en las que miles de soldados nipones fueron masacrados inútilmente. Masaru Morki, un superviviente, escribió más tarde, "Como soldados japoneses, tuvimos que elegir la muerte. No podíamos segur viviendo indefinidamente con la vergüenza de haber sido capturados... Nosotros nos guiábamos por el Código del Combatiente, el núcleo de la disciplina militar”.

Una fuga similar se intentó en un campo de prisioneros japoneses en Fetherstone (Nueva Zelanda), utilizando idéntico método de huida: centenares de nipones comenzaron a saltar la valla sin importarles las ametralladoras de los vigilantes. El resultado, 48 prisioneros japoneses muertos y otros 74 heridos.

El propio primer ministro australiano, John Curtin, se estremeció ante la descripción de la sangrienta fuga, y expresó su incomprensión hacia “semejante desprecio por la propia vida”, teniendo en cuenta que la acción de los japoneses no tenía ninguna posibilidad de saldarse con éxito.Temiendo las represalias contra los soldados australianos que se encontraban recluidos en los campos de prisioneros japoneses, las autoridades australianas decidieron declarar secreto este incidente. Los informes sobre la fuga de Cowra no serían desclasificados hasta 1950.

La investigación oficial de los hechos exculpaba totalmente a los responsables del campo de la masacre. Los informes de la investigación fueron leídos a la Cámara de Representantes australiana por Curtin en 8 de septiembre de 1944 y sus conclusiones fueron:

- El campo cumplía con la Convención de Ginebra y las condiciones de vida de los prisioneros eran buenas.
- Antes del incidente no hubo ninguna queja por el trato recibido por parte de los prisioneros japoneses o en su nombre. La rebelión parecía ser el resultado de un proyecto premeditado y previamente preparado.
- Las acciones de la guarnición australiana al resistir el ataque evitaron una mayor pérdida de vidas, y el fuego cesó tan pronto como recobraron el control del campo de prisioneros.
- Muchos de los muertos se habían suicidado o habían sido asesinados por otros prisioneros, y muchos de los japoneses que resultaron heridos se habían autoinfligido las heridas.

En la actualidad, el Cementerio Japonés de Cowra reúne las tumbas de 522 soldados nipones que murieron en Australia durante la Segunda Guerra Mundial, incluidos los que fueron abatidos durante la huida del citado campo de prisioneros. En esta localidad australiana se inaguró en 1979, con motivo del 35 aniversario, un jardín japonés que conmemora aquel intento de fuga que no fue más que un suicidio masivo.

martes, 5 de julio de 2011

La Marcha de la Muerte de Batán

Al día siguiente del ataque a Pearl Harbor, el 8 de Diciembre de 1941, las tropas japonesas invadieron las Islas Filipinas - estado libre asociado de los EEUU -; aunque superadas numéricamente, las mejor entrenadas fuerzas japonesas lograron acorralar a las fuerzas filipino-estadounidenses de la isla de Luzón en la península de Batán y la isla de Corregidor.

Los estadounidenses y filipinos de Batán había resistido los ataques japoneses en los meses de Enero y Febrero, pero la malaria se cebó en mucho de ellos y hacia Febrero se estaba agotando la quinina (medicamento eficaz para tratar dicha enfermedad). La comida también fue un gran problema, ya que la superioridad aérea japonesa trajo consigo la escasez de suministros para las tropas asediadas. Ni siquiera había forraje para los caballos, así que tuvieron que sacrificarlos, para alimentarse.

El presidente Roosevelt aceptó que la defensa de Filipinas había fracasado y el 23 de Febrero ordenó al General Douglas MacArthur que marchara hacia Australia para tomar el mando de los Aliados en el suroeste del Pacífico. Reforzados con nuevas tropas los japoneses reemprendieron sus ataques contra los exhaustos defensores de la península de Batán, que se rindieron el 9 de Abril de 1942 (en Corregidor, cerca de la península, resistieron hasta la noche del 5 de Mayo, y la rendición de Filipinas se completó definitivamente el 9 de Junio de 1942).

Los japoneses tenían un plan para transportar los numerosos prisioneros de guerra desde Mariveles, cerca del extremo de la península, hasta el campamento O'Donnell, a unos 145 kilómetros al norte. Durante una parte del camino los prisioneros tenían que caminar, y en otras estaba previsto usar ferrocarril o camiones. Homma Masaharu, el comandante japonés, creía que no habría más de 25.000 prisioneros, pero resultaron ser un total de 76.000, muchos debilitados por la malaria y por meses de alimentación con raciones ínfimas. La gran mayoría eran filipinos, y el resto, unos 12.000 aproximadamente, norteamericanos.

El 10 de Abril de 1942 los prisioneros abandonaron el aeródromo de Mariveles en dirección a San Fernando. Esta primera parte de la "Marcha de la Muerte" se cumplió con grandes estragos para los cautivos, quienes fueron tratados de acuerdo al concepto japonés de la época de que un hombre que se rinde pierde su honor y sólo merece la muerte. En general, los japoneses sentían desprecio por todo soldado que se rendía pues dentro de los cánones de su moral, el vencido sin honor solo tenía un camino, el del suicidio. Por eso, la marcha se caracterizó por una amplia gama de abusos físicos y actos de violencia (robo de pertenencias, golpes, bayonetazos, insultos y agresiones, negativa deliberada a dar agua y alimentos) inflingidos a los prisioneros por los soldados japoneses, quienes también cometieron numerosos asesinatos. Aparte del maltrato, la falta de alimentos adecuados, de agua y medicinas diezmó a los prisioneros. Un soldado japonés estaba acostumbrado a luchar con sólo un plato de arroz al día, pero esa dieta no era suficiente para los prisioneros occidentales que además sufrieron todo tipo de enfermedades que no podían curar por falta de medicinas y en un ambiente hostil con temperaturas sobre los 40ºC.

Todas las mañanas los japoneses reunían grupos de unos cientos de hombres que a punta de bayoneta eran formados para iniciar la marcha. La mayoría se encontraban agrupados entre desconocidos y cada uno trataba de sobrevivir sin importarle los demás. Quienes tuvieron la fortuna de reunirse con compañeros de su misma unidad, tuvieron la suerte de poder ayudarse unos a otros. Algunos hombres pudieron resistir 9 días y otros apenas 4. Aquel que se rezagaba era dejado en el camino y sólo le esperaba la muerte, pues nadie estaba en condiciones de ayudarle a nos ser a costa de su propia vida. Así, por ejemplo, un coronel herido en las piernas fue llevado en una camilla por 4 voluntarios, pero a mediodía cuando el sol estaba en su cenit y el calor se hacía insoportable por la falta de agua, fue abandonado a un lado del camino, donde quedó clamando que lo ayudaran.

Un desfallecimiento equivalía a una sentencia de muerte al ser rematado por los nipones de un tiro, al igual que cualquier protesta o una simple petición de agua podía suponer igualmente ser ejecutado de un disparo o decapitado con una katana. Los prisioneros, en ocasiones, eran atacados por ayudar a sus compañeros más débiles. Tampoco faltó algún episodio de soldados enterrados vivos por los japoneses. También se han documentado casos en que los conductores de los vehículos japoneses ataban una bayoneta de fusil a un largo palo y cortaban en cadena las gargantas de los prisioneros (en este caso filipinos) que marchaban junto por el lado derecho de la carretera (los americanos lo hacían por la izquierda). Como no había suficiente agua, muchos prisioneros tomaban agua de las lagunas contaminadas, enfermaban y morían.

El número de prisioneros crecía a medida que otros se iban rindiendo en los diferentes puntos de la ruta, a lo que se unió un gran número de refugiados civiles. Las condiciones fueron de mal en peor a medida que avanzaban hacia el norte, en medio de un calor sofocante. En la segunda parte de la marcha, durante el trayecto en ferrocarril, algunos prisioneros fueron hacinados en grupos de 100 a 150 en vagones de ganado, de pie durante un viaje de 40 kilómetros hasta Capas, y muchos (100 o más) murieron por las penosas condiciones del viaje. Después de llegar a Capas, aún tuvieron que recorrer casi 15 kilómetros a pie hasta el campo O'Donnell.

No se sabe exactamente cuantos murieron durante la marcha, pero se cree que unos 15.000 de los que partieron nunca llegaron a su destino. Durante la marcha murieron entre 600 y 650 estadounidenses. Los filipinos sufrieron más que los estadounidenses el maltrato, a pesar que estos últimos pensaban que sería al revés (quizás fuera porque los japoneses se consideraban una raza superior en Asia) y se llevaron la peor parte. Aunque unos 1.700 consiguieron escapar, otros 2.500 fueron dejados en hospitales y un pequeño número de filipinos quedó trabajando al servicio de los japoneses en Batán, no cabe duda que un número entre 5.000 y 10.000 murió durante la marcha.

En 1946, Homma fue procesado por las brutalidades cometidas por sus tropas durante la "Marcha de la muerte". El general japonés sostuvo durante el proceso que desconocía las condiciones que habían tenido que sufrir los prisioneros. Señaló que había tardado 2 años en saber lo que había sucedido. Ocupado en otros objetivos militares dio por sentado que todo había transcurrido como se había pensado y nadie le informó de lo sucedido ni tampoco él se tomó la molestia de investigarlo. Obviamente se trató de un evidente error de planificación y de falta de previsión que no contó con el aluvión de prisioneros que se rindieron a los japoneses, a lo que se unió la brutal y sádica actitud de las tropas niponas.

No cabe duda de que fue un acto de negligencia terrible y dificilmente disculpable del general nipón, pero cabe cuestionarse seriamente si la marcha fue planificada como una acción de exterminio. En cualquier caso, Homma Masaharu fue declarado culpable, sentenciado a muerte y ejecutado el 3 de Abril de 1946.