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jueves, 26 de julio de 2012

Citas Literarias (2)

"Entre los cráteres que se encontraban lejos del cerro, al oeste, había unos cuantos cadáveres de marines. Justo después del borde derecho de la última trinchera, el cerro caía abruptamente hasta el terreno llano y lleno de barro. Junto al pie del cerro, casi directamente debajo de mí, había un cráter parcialmente inundado de unos noventa centímetros de diámetro y probablemente de otros noventa de profundidad. En este cráter se encontraba el cuerpo de un marine cuyo espeluznante semblante ha permanecido inquietantemente claro en mi memoria. Si cierro los ojos, está tan vívido como si lo hubiera visto ayer.

La lastimosa figura estaba sentada de espaldas al enemigo y descansaba contra el borde meridional del cráter. Tenía la cabeza ladeada y el casco estaba apoyado contra el lado del cráter, de manera que la cara, o lo que quedaba de ella, miraba directamente hacia mí. Tenía las rodillas flexionadas y separadas. Cruzado sobre los muslos, aún aferrado entre sus manos esqueléticas, tenía un rifle oxidado. Llevaba las polainas de lona cuidadosamente sujetas por las pantorrillas y encima de las botas. El agua turbia le cubría los tobillos, pero las punteras de las botas se veían por encima. Las pantalones, el casco, el forro y el equipo parecían nuevos. No estaban salpicados de barro ni desteñidos.

Estaba seguro de que era un nuevo reemplazo. Todo en aquel hombretón se parecía mucho a un marine tomándose un descanso durante unas maniobras antes de recibir la orden de ponerse en marcha otra vez. Al parecer lo habían matado al principio de los ataques contra Half Moon, antes de que comenzaran las lluvias. Bajo el borde del casco pude ver la visera de una gorra de faena de algodón verde. Debajo de la gorra estaban los restos esqueléticos más espantosos que había visto nunca...y ya había visto demasiados.

Cada vez que miraba por encima del borde de aquella trinchera hacia el cráter, aquella cara medio desaparecida me lanzaba una mirada maliciosa acompañada de una sonrisa sarcástica. Era como si se mofara de nuestros lastimosos esfuerzos para aferrarnos a la vida. O tal vez se burlaba de la locura de la propia guerra: 'Soy la cosecha de la estupidez del hombre. Soy el fruto de la hecatombe. Rogué como tú por sobrevivir, pero mírame ahora. Para los que estamos muertos ya ha terminado, pero tú debes luchar, y llevarás estos recuerdos toda tu vida. Los de casa se preguntarán por qué no puedes olvidar' ".

Eugene B. Sledge - "Diario de un Marine", págs. 383-385

martes, 26 de julio de 2011

Reseñas Libros: "Diario de un Marine"

Tras la lectura de "Diario de un Marine" ("With the Old Brew at Peleliu and Okinawa" en su título original) de Eugene B. Sledge no puedo sino decir que se trata de un verdadero clásico de la literatura militar, totalmente imprescindible para todo amante de la Segunda Guerra Mundial.

Se trata de un libro muy ameno y entretenido que se lee en un suspiro, y que sirve no sólo para conocer un poco más a fondo la encarnizada campaña del Pacífico (concretamente las sangrientas batallas de Peleliu y Okinawa), sino también para descubrir de primera mano la dura y sufrida vida diaria de un soldado de infantería en el frente de la cruenta guerra librada contra los aguerridos e irreductibles soldados japoneses.

Eugene B. Sledge, apodado por sus compañeros "Mazo", un idealista y soñador muchacho de Alabama embebido de la historia de Estados Unidos y prendado de héroes como George Washington y Daniel Boone, es destinado a la 1ª División de Marines (conocida como "The Old Brew", algo así como "la Vieja Guardia"), concretamente como servidor de un mortero de 60 mm integrado en la Compañía K del 3er Batallón, 5º Regimiento de Marines, en el teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Tras un intenso y duro adiestramiento en San Diego, primero como marine en el Marine Corps Recruit Depot y después como soldado de infantería en Camp Elliot, es destinado inicialmente a Pavuvu (Islas Salomón), una isla de apariencia paradisíaca pero que deviene en un infierno de barro, lluvia y fango, plagas de ratas, cangrejos de tierra y demás alimañas y el nausebundo olor de miles de cocos podridos, donde los marines esperan hasta que se les ordene entrar en acción.

Su primer encuentro con el horror de la guerra se produce en la Batalla de Peleliu. Aunque es una de las menos conocidas de la guerra del Pacífico, para muchos se trata del combate más duro y feroz que libraron los marines en la Segunda Guerra Mundial. Todavía hoy se discute la necesidad de tomar la diminuta isla de Peleliu (Islas Palaos) para garantizar la seguridad del flanco derecho del General MacArthur de camino a Filipinas. Pese a que el alto mando pensaba que tomaría Peleliu en 3 o 4 días, la lucha se prolongó durante 10 semanas de espantosos y cruentos combates que costaron a los norteamericanos 8.769 bajas (entre muertos, heridos o desaparecidos), mientras que perecieron casi la totalidad de los 11.000 japoneses que defendían los 13 kms cuadrados de su superficie.

Durante esta batalla los japoneses cambiaron radicalmente su táctica habitual de defender las playas mediante suicidas cargas banzai contra los marines una vez que estos habían establecido una cabeza de playa, que eran sistemáticamente masacradas y nunca fueron efectivas. Por el contrario, optaron por establecer una compleja defensa en posiciones fortificadas que se apoyaban mutuamente mediante túneles, situadas en cuevas, fortines y búnkeres (utilizada también en posteriores batallas como Iwo Jima y Okinawa), que causaron espantosas bajas a los norteamericanos.

El novato Sledge se encuentra en medio del infierno de Peleliu, donde "el mundo es una pesadilla de fogonazos, explosiones y balas volando", y experimenta el pánico y el miedo a morir, la pesadilla de los bombardeos de artillería, el sofocante calor y la sed, la fátiga psíquica y mental del combate, la pérdida de amigos y compañeros, la enconada y suicida resistencia de los japoneses (que disparaban incluso a los sanitarios o a todo aquel que se acercara a socorrer a un herido), sus incursiones suicidas nocturnas y sus trucos como simular rendirse o solicitar atención médica para luego inmolarse con una granada y otros aspectos como la necesidad del compañerismo y el trabajo en equipo para sobrevivir, el afán de sus compatriotas por hacerse con todo tipo de recuerdos y souvenirs (incluso dientes de oro o restos humanos de los enemigos caídos) la falta de higiene, las plagas de moscas y el nauseabundo olor de los cuerpos en descomposición o la mutilación y profanación de los cadáveres de sus compatriotas por los nipones.

Para cuando se topa con el infierno de la Batalla de Okinawa, "Mazo" es ya un veterano de combate, aún lleno de temor pero no de pánico, y es testigo nuevamente de innumerables horrores y padecimientos físicos y mentales, durante esa aterradora lucha para tomar la isla japonesa de Okinawa que costó a las fuerzas norteamericanas un total de 50.000 bajas de todo tipo (entre ellas el mayor número de casos de fatiga de combate registrado nunca en una batalla estadounidense) por casi 100.000 muertos japoneses (más los muertos causados entre la población civil, estimados en un mínimo de 42.000).

Basándose en las notas que Sledge guardaba en secreto en una copia del Nuevo Testamento que llevaba consigo, "Diario de un Marine" capta con sencillez y honestidad las experiencias de un soldado en el encarnizado teatro del Pacífico. Aquí se recoge lo que salvó, amenazó y cambió su vida. Y también el relato de cómo aprendió a odiar y a matar, pero también a comprender, a sus semejantes, y sobre todo la imagen de repulsa tajante hacia la brutalidad y el sinsentido de la guerra. La obra de Sledge (junto a "Mi Casco por Almohada" de Robert Leckie) sirvió de inspiración para "The Pacific", la excelente serie de HBO producida por Steven Spielberg y Tom Hanks, y lo cierto es que, leyendo "Diario de un Marine" vinieron a mi mente muchas escenas y personajes de la serie, en la que Joseph Mazzello (el niño de "Parque Jurásico") interpreta al autor de este libro.

Lo dicho, imprescindible.