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martes, 28 de febrero de 2012

Testimonios de la 2ª Guerra Mundial (10)


"Nosotros nos vengábamos a nuestra manera. Los japoneses nos obligaban a construir sus chozas cada vez que nos mudábamos de lugar y estábamos todos llenos de chinches, piojos y cualquier bicho imaginable. Pasábamos una de las tres horas de descanso recogiendo piojos y chinches, los metíamos en latas o en lo que encontrábamos, y cuando terminábamos de construir sus chozas, desparramábamos aquellos bichos dentro. Era una de nuestras formas de vengarnos y nos encantaba. Nos procuraba cierto entretenimiento: luego lo comentábamos y nos reíamos, esa clase de cosas."

Prisionero de guerra británico capturado por los japoneses durante la campaña de Malasia


Fuente: "Un Mundo en Guerra: Historia Oral de la Segunda Guerra Mundial" de Richard Holmes

lunes, 6 de febrero de 2012

Grover P. Parker, el aviador escapista

El Teniente Grover P. Parker, fue un piloto norteamericano que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial en el 7º Grupo de Reconocimiento Aéreo Fotográfico (7th Photographic Reconnaisance Groupde la USAAF, concretamente en el 27º Escuadrón (27th Photo Recon Squadron), primero, y en el 13º Escuadrón (13th Photo Recon Squadron), después, y que escribió su nombre en las páginas de la historia de dicho conflicto al ser derribado en 3 ocasiones sobre territorio enemigo, y ser capaz, no sólo de salir ileso del trance, sino de lograr escapar esas tres veces de las garras de las tropas alemanas hacia las líneas aliadas.


Supe de la historia de este afortunado, y a la vez irreductible, aviador a través del recomendable libro de Jesús Hernández, "Hechos Insólitos de la Segunda Guerra Mundial" (2005), y mi intención era tratar de ampliar un poco la información que detallaba en su relato el escritor español. Sin embargo, lo cierto es que salvo alguna pequeña mención no he podido localizar mayores referencias sobre el referido piloto en la red, ni tampoco he logrado encontrar ninguna fotografía suya - salvo esta de aquí arriba en la que aparece (última fila, la primera foto por la izquierda) con otros pilotos del 13th Photo Recon Squadron -, así que me limitaré a reproducir lo que nos contaba en su obra el bueno de Jesús, ampliándolo con algún que otro mínimo dato o detalle que creo pueda ser interesante. 

El 7th Photographic Reconnaisance Group se constituyó en febrero de 1943 y operó integrado en la 8ª Fuerza Aérea (8th Air Force) de la USAAF, desde el mes de julio de ese año, realizando misiones de reconocimiento tomando fotos de aeródromos, ciudades, instalaciones industriales y portuarios en Francia - en 1944 durante los preparativos del Día D y la posterior Batalla de Normandía -, los Países Bajos - durante la Operación Market-Garden (sept.1944) y la Batalla de las Ardenas (dic. 1944-ene. 1945) - y Alemania (durante los últimos meses de la guerra). Sus pilotos utilizaron en sus misiones los siguientes aviones de reconocimiento: L-5 Sentinel, P-51 Mustang, Spitfire (Photo Recon XI) y F-5 (una versión de reconocimiento del P-38 Lighting, que podéis ver en la foto de aquí abajo). 


Hecha la anterior introducción, paso a contaros la historia de Grover P. Parker. La primera vez que fue derribado, a primeros de septiembre de 1944, lo fue por un caza alemán en el Sudoeste de Francia. Tras verse obligado a lanzarse en paracaídas, una vez en suelo francés, Parker, logró evitar las patrullas alemanas y consiguió contactar con las tropas aliadas que avanzaban a paso firme por el interior del país galo hacia las fronteras alemanas. Apenas una semana después, el 19 de septiembre de 1944, el piloto norteamericano estaba de nuevo en el aire, realizando en esta ocasión una misión de reconocimiento fotográfico en Holanda para recopilar información útil para los lanzamientos aerotransportados de la Operación Market-Garden. Al parecer su F-5B (en la imagen) fue alcanzado por fuego antiaéreo y se vio obligado a efectuar un aterrizaje forzoso. Pese a estar dañado el tren de aterrizaje, logró posar su avión en una arenosa playa de Knocke (Holanda) consiguiendo salir sano y salvo del percance, pero no pudiendo evitar ser capturado por los alemanes. 


Fue enviado a un campo de prisioneros, del cual, poco tiempo después, aprovechando la pequeña confusión que se generaba con la llegada de nuevos internos,  logró evadirse trepando por la alambrada y escapando a campo abierto. Fue ayudado por una pareja de ancianos que lo ocultó en su casa durante unos 10 días, para después ponerle en contacto con la Resistencia Holandesa, que le llevó a una zona segura al norte de Geertruidenberg, para finalmente alcanzar las líneas británicas.

Finalmente, el 21 de febrero de 1945, formando parte esta vez del 13º Escuadrón (13th PRS) - anteriormente había pertenecido al 27º Escuadrón (27th PRS) - mientras efectuaba una misión de reconocimiento fotográfico sobre la zona de Peenemünde (noreste de Alemania) - el gran complejo militar y de investigación donde se desarrollaban los misiles V-2 - el F-5E que pilotaba fue derribado por un caza a reacción Messerschmitt Me-262 de la Luftwaffe . Tras saltar en paracaídas, se dirigió rápidamente hacia territorio polaco, donde logró contactar con las tropas del Ejército Rojo, que lo llevaron de vuelta a Gran Bretaña.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Los Alamo Scouts


Los Alamo Scouts (U.S. 6th Army Special Reconnaissance Unit)  fue una unidad de reconocimiento de largo alcance que sirvió en el VI Ejército de los Estados Unidos en el teatro de operaciones del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y que se destacó por realizar acciones de exploración, infiltración y reconocimiento táctico detrás de las líneas enemigas. Los "Exploradores del Álamo" pueden ser considerados precursores de las Long Range Reconnaissance Patrol (LRRP),  patrullas de reconocimiento de larga distancia del ejército de los EEUU que surgieron muchos años después.

Entre julio y diciembre de 1943 una pequeña unidad de reconocimiento, los Scouts Amphibious, compuesta por soldados americanos y australianos, llevó a cabo varias misiones exitosas en Nueva Bretaña (Islas Bismarck, Papúa-Nueva Guinea). El General Walter Krueger, comandante del VI Ejército de los EEUU, reconoció el valor de la unidad y decidió crear un grupo de reconocimiento y operaciones especiales formado por voluntarios que se llamaría Alamo Scouts, en honor a los defensores del famoso fuerte de San Antonio (Texas) - ciudad de origen del citado general - por los que profesaba una gran admiración.


Así pues, el 28 de noviembre de 1943 Krueger (en la imagen superior) ordenó la formación del centro de entrenamiento de los Álamo Scouts (ASTC - Alamo Scouts Training Center) en Kalo Kalo (Fergusson Island (Nueva Guinea)) bajo el mando del Coronel Frederick W. Bradshaw, con la finalidad de entrenar y seleccionar voluntarios para llevar a cabo misiones de reconocimiento táctico de largo alcance y profundas incursiones detrás de las líneas enemigas mediante pequeños grupos de soldados para recopilar todo tipo de información útil para las operaciones del VI Ejército. Con el tiempo la unidad fue evolucionando de una simple unidad de reconocimiento, a un grupo sofisticado de inteligencia que realizaba tareas de apoyo táctico y coordinación de operaciones de guerrilla y sabotaje a gran escala en Leyte y Luzón (Islas Filipinas), interviniendo en muchas misiones para liberar prisioneros de guerra de los campos de concentración japoneses.


Los voluntarios llegaron de distintas unidades de combate del VI Ejército de los EEUU - muchos de los soldados eran originarios del 158° Regimiento de Infantería Bushmasters, una unidad de la Guardia Nacional formada previamente de hombres de Arizona y de Nuevo México que habían entrenado intensivamente en las selvas de Panamá antes de partir hacia el Pacífico - y tenía que superar varias pruebas eliminatorias, más una entrevista final con el director del ASTC.

Caso de superar con éxito las pruebas de selección eran enviados a la base de los Alamo Scouts en Kalo Kalo (que además de centro de entrenamiento servía como base para los distintos equipos operacionales), donde los aspirantes eran entonces sometidos a un duro e intenso curso de entrenamiento de 6 semanas que consistía en ocho áeras principales de habilidades: a) Uso y manejo de lanchas y botes de goma;  b) Inteligencia militar;  c) Exploración, reconocimiento y patrulla; d) Navegación;  e) Comunicaciones y  f) Armas y preparación física.  

Además del inicial centro de entrenamiento establecido en Kalo Kalo, con posterioridad se crearon otros: uno en Mange Point (también en Nueva Guinea), dos en Cabo Kassoe (Nueva Guinea Holandesa), otro en la desembocadura del río Cadacan en Leyte (Filipinas) y tres más en Mabayo (Subic Bay) en Luzón también en las Islas Filipinas.


Los candidatos también recibían adiestramiento en primeros auxilios avanzados en la selva, supervivencia en el agua con equipamiento completo, combate cuerpo a cuerpo, etc. La cantidad de aspirantes de cada curso/promoción osciló entre 45 a 100 hombres por promoción. Entre el 27 de diciembre de 1943 y el 2 de septiembre de 1945, superaron ese duro entrenamiento un total de 9 promociones (unos 250 soldados y 75 oficiales, en total), aunque solamente 117 soldados y 21 oficiales sirvieron de manera activa en los Álamo Scouts (los demás que superaron el riguroso entrenamiento fueron enviados de regreso a sus respectivas unidades donde enseñarían y desarrollarían sus nuevas habilidades).

La fuerza operativa de los Alamo Scouts estuvo formada normalmente por un contigente de unos 70 hombres. Los soldados que finalmente  ingresaron en esta unidad de élite votaban de manera secreta con que compañeros preferían estar acompañados durante sus arriesgadas misiones, así como bajo el mando de que oficial deseaban realizarlas. A su vez, los oficiales también seleccionaban personalmente los soldados que integrarían los equipos operacionales en cada misión concreta. Se formaron 10 equipos de Alamo Scouts, cada uno de los cuales estaba integrados por 1 oficial y 5 o 6 soldados.


Aunque parece ser que cerca de un 1/4 de los alistados en los Alamo Scouts eran indios nativos americanos de unas 20 tribus (cherokee, navajo, chippewa, sauk, seminole, papago, lobos, chitimacha, sioux, pawnee, etc.) - y quizás por este motivo el emblema de la unidad era precisamente la cabeza de un indio  norteamericano - lo cierto es que tales soldados no suponían la mayoría de los integrantes de la unidad como se suele creer mayoritariamente, pues también la formaban un nutrido grupo de  filipinos y  norteamericanos de origen caucásico e hispano.

En sus primeros dos años de vida, los Alamo Scouts consiguieron la liberación de 197 prisioneros de guerra aliados en Nueva Guinea (entre ellos 66 soldados holandeses). En febrero de 1945, colaboraron con el 6º Batallón de los Rangers  y unos 250 guerrilleros filipinos, realizando labores de reconocimiento y apoyo táctico, durante el famoso raid sobre el campo de prisioneros de Cabanatuan (Luzón, Filipinas), que permitió la liberación de 511 prisioneros de guerra aliados (norteamericanos, británicos, filipinos, holandeses, etc.). Durante sus misiones, también les fue reconocida  la captura de 84 prisioneros de guerra japoneses.

En junio de 1945, los Alamo Scouts estaban entrenándose para llevar a cabo las misiones de exploración y reconocimiento en la isla japonesa de Kyushu, en el marco de la Operación Olympic, la primera fase de la proyectada invasión aliada de Japón (Operación Downfall), pero tras la rendición japonesa fueron enviados a Wakayama y formaron parte del ejército de ocupación. La unidad fue desmantelada en Kyoto (Japón) en noviembre de 1945.


Los Alamo Scouts llevaron a cabo un total 106 misiones detrás de la líneas enemigas en el Pacífico, principalmente en Nueva Guinea y Filipinas, sin perder un solo hombre, consiguiendo así tener uno de los registros más inmaculados de todas las unidades de élite de la Segunda Guerra Mundial. Sus miembros obtuvieron un total de 118 condecoraciones, incluidas 44 Estrellas de Plata, 33 Estrellas de Bronce, 4 Soldier Medals y varios Corazones Púrpura. En 1988, a la unidad se le concedió la insignia de hombro de las fuerzas especiales en reconocimiento por sus servicios en la Segunda Guerra Mundial.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Walter Koch: Ejemplo de Humanidad en la Guerra

Los paracaidistas alemanes (o Fallschirmjäger, que en alemán significa "cazadores paracaidistas") fueron una de las unidades más temidas y respetadas de la Segunda Guerra Mundial. Tanto en las operaciones aerotranportadas llevadas a cabo en Noruega, Dinamarca, Francia, Bélgica, Holanda o Creta (Grecia) en los albores de la contienda, como durante su posterior participación como infantería regular junto al resto de la Wehrmacht (Normandía, Italia o el Frente del Este), se distinguieron como unos soldados aguerridos, duros y disciplinados, temidos y, al mismo tiempo, respetados por sus oponentes.

En el post de hoy, os voy a contar un incidente que demuestra que, incluso en condiciones muy distintas a las de sus primeras victorias, los Fallschirmjägger tuvieron un comportamiento que les hizo ganarse el respeto de sus enemigos.

Los paracaidistas germanos también lucharon en el Norte de África, concretamente en Túnez, donde combatieron con gran determinación contra las dos pinzas anglonorteamericanas en Mateur, Medjez-el-Bab y Tebourba, antes de ser capturadas con la mayoría de las fuerzas del Eje en el Norte de África, en mayo de 1943.

En Depienne (Túnez), en noviembre de 1942, se encontraron por primera vez durante la guerra los paracaidistas alemanes y los británicos. El Mayor John Frost - quien en 1944 sería el responsable de la heroica defensa del puente de Arnhem (Holanda) durante la Operación Market-Garden - mandaba el 2º Batallón Paracaidista británico, que tenía la misión de capturar 3 aeródromos de la zona. Varios de sus hombres se lesionaron al llegar al suelo, que era muy duro, y, como estaban impedidos para caminar, los dejaron a resguardo en un edificio cercano protegidos por un pelotón, mientras se dirigían al resto de objetivos.

Entonces llegó el 5º Regimiento Paracaidista (Fallschirmjäger-Regiment 5) alemán bajo el mando del Oberstleutant Walter Koch - héroe del asalto al Fuerte Eben-Emael y de la Operación Merkur (Creta), condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro - que asaltó la casa y tomó prisioneros a los británicos. En la foto de aquí arriba, en la que se observa al Führer felicitando a unos oficiales paracaidistas tras la toma del fuerte Eben Emael, Walter Koch, entonces con el grado de Capitán (Hauptmann) es el primero empezando por la derecha. Los Fallschmirjägger bajo el mando de Koch trataron a sus colegas ingleses con consideración, prestándoles asistencia médica y dándoles comida, agua y cigarrillos, y confiaron su custodia a otra unidad del ejército regular.

No se sabe a ciencia cierta si esa unidad a cargo de los británicos era la 19ª Compañía de Reconocimiento de la 10ª Panzer Division, el 557º Grupo de Artillería Autopropulsada italiano, la 3ª Compañía del 1er Batallón del 92º Regimiento de Infantería italiano, o una mezcla de las tres unidades. Lo cierto es que el oficial alemán al mano ordenó que los prisioneros británicos fuesen puestos contra una pared y que una ametralladora italiana los fusilase, y ello en cumplimiento de la directiva del Führer que ordenaba que los paracaidistas y comandos enemigos fueran considerados saboteadores y ejecutados de forma sumaria.

Como si hubiera tenido una premonición sobre lo que iba a ocurrir, el Oberstleutnant Koch decidió volver sobre sus pasos e impidió que se produjese aquella matanza, obligando a tratar adecuadamente a los paracaidistas británicos, que finalmente acabarían siendo enviados a un campo de prisioneros en Italia.

Walter Koch sufrió poco después una grave herida en la cabeza y fue enviado a Alemania para que se recuperara, donde fue duramente reprendido por sus superiores por contravenir órdenes directas de Hitler. Mientras convalecía de sus heridas en su país, el héroe de Eben-Emael murió en un misterioso accidente de tráfico. Veteranos de su regimiento atribuyeron su muerte a la Gestapo, en venganza por atreverse a desafiar la Kommandobefehl emitida por el Führer el 18 de octubre de 1942, que como he dicho anteriormente, ordenaba ejecutar sumariamente a los comandos y paracaidistas aliados capturados en Europa y África.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Vivos de Milagro

A lo largo de la historia de la aviación se han dado varios casos de personas que han sobrevivido milagrosamente a caídas desde miles de metros de altura. El récord lo tiene la azafata yugoslava Vesna Vulovic, que en 1972, y después de que una explosión (cuyo origen todavía se desconoce) destruyera su avión, cayó desde 10.000 metros y vivió para contarlo. Vulovic se mantuvo dentro de un fragmento de la cola del aparato, pero también se conocen casos de otros tripulantes que se vieron obligados a saltar de sus aviones sin paracaídas a kilómetros de altura y que sobrevivieron al salto.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo al menos tres de estos casos, que ahora mismo me dispongo a contar:

--- El primero de ellos es el del teniente de la Fuerza Aérea Soviética (VVS), Ivan Mijailovich Chisov, piloto de un bombardero bimotor Ilyushin Il-4.

Un día de enero de 1942, la formación de bombarderos en la que volaba el aparato de Chisov fue atacada por cazas alemanes. Su avión resultó alcanzado y dañado gravemente y el piloto ruso se vio obligado a saltar a una altura de 6.700 metros. Como la lucha continuaba en torno a él, decidió no abrir el paracaídas hasta quedar por debajo del nivel de los combates, por miedo a que algún caza germano abriese fuego sobre él al ver el paracaídas. Lo único que pretendía era dejarse caer hasta quedar fuera de la vista de los cazas, pero a consecuencia de la altura perdió el conocimiento mientras caía y no pudo tirar de la cuerda de apertura del paracaídas.

Milagrosamente Chisov sobrevivió a la caída. Aterrizó en una pendiente cubierta de nieve, a una velocidad aproximada de entre 120 y 150 km/h y luego se deslizó rodando hasta el fondo. Veinte minutos después, tras recobrar el conocimiento comprobó que tan sólo había sufrido lesiones en la columna y que se había fracturado la pelvis, dolencias de las que se recuperó 3 meses y medio después.

--- La siguiente historia la protagoniza el norteamericano Alan Eugene Magee, quien servía como artillero en un bombardero B-17 Flying Fortress de la USAAF apodado por su tripulación "Snap, Crackle & Pop".

El 3 de enero de 1943, mientras volaba en una misión de bombardeo diurno sobre el puerto francés de Saint Nazaire su avión fue alcanzado por los cazas de la Luftwaffe, perdiendo su ala derecha y comenzando a caer en espiral. Cuando Magee, herido, logró salir de su torreta de artillero se encontró con que su paracaídas estaba completamente destrozado. Aún así, decidió saltar sin él desde una altura de 6.700 metros, como Chisov. Y al igual que el piloto ruso, durante la caída también perdió el conocimiento.

El artillero yankee cayó sobre el techo de la estación de ferrocarril de Saint Nazaire, cuya estructura, de aluminio y vidrio, se flexionó y amortiguó su caída lo suficiente como para que Magee pudiese sobrevivir al golpe, aunque sufriendo múltiples heridas: además de las causadas por la caída, tenía múltiples quemaduras y trozos del fuselaje del avión incrustados en su cuerpo. Su brazo derecho estaba prácticamente amputado, tenía daños renales y heridas en un pulmón, los ojos y la nariz. Fue capturado por los alemanes y liberado al terminar la guerra.

--- El tercer caso, sin duda el más conocido, es el del sargento británico de la Royal Air Force (RAF), Nicholas Alkemade, artillero de cola en un bombardero Avro Lancaster llamado "S for Sugar".

La noche del 23 al 24 de marzo de 1944, de regreso de una misión de bombardeo sobre la cuenca del Ruhr, su formación se vio envuelta en un combate con aviones Ju-88 alemanes. El bombardero de Alkemade fue alcanzado y comenzó a caer envuelto en llamas. Cuando el sargento pudo salir de su torreta de artillero (como la de la foto de aquí abajo) vio que su paracaídas se encontraba ardiendo. A pesar de eso, aunque estaba a una altura de 5.500 metros, prefirió saltar al vacío que morir abrasado dentro del aparato. El artillero cayó sobre un bosque de pinos, y tuvo la suerte de que las ramas de los árboles fueron amortiguando la caída hasta que aterrizó encima de una espesa capa de nieve. Cuando recuperó el conocimiento, comprobó que no tenía ninguna herida grave: únicamente sufría una fuerte torcedura en su rodilla derecha, además de magulladuras, roces y quemaduras leves.

Los alemanes lo encontraron y lo capturaron prisionero, pero no dieron crédito a su increíble historia. Una vez recuperado de sus heridas fue conducido al campo de prisioneros de Dalag Luft, cerca de Frankfurt, donde la Gestapo le sometió a interrogatorios para que confesase la verdad. Sus captores estaban plenamente convencidos de que se trataba de un agente infiltrado en la retaguardia y el castigo para los espías era el pelotón de fusilamiento. Pese a las amenazas, Alkemade seguía defendiendo que había sobrevivido a un salto desde 6.000 metros, lo que acabó por desesperar a sus interrogadores.

Sin embargo, cuando su suerte parecía echada, la fortuna de nuevo le sonrió, pues llegaron noticias de que había sido hallado restos del fuselaje del "S for Sugar". Si los alemanes querían comprobar la veracidad de su historia, tan sólo tenían que ir hasta allí y buscar los restos del paracaídas al lado de la torreta del artillero cola (suponiendo que éste no se hubiera quemado por completo). Pese a la insistencia de Alkemade, los alemanes se negaron a prestar la más mínima credibilidad a su historia y a acudir a revisar el bombardero.

Afortunadamente para él, un teniente llamado Hans Feidel decidió desplazarse a los alrededores de Berlín para inspeccionar los restos del Lancaster. Para su sorpresa, junto a la posición del artillero de cola, estaban los restos de un paracaídas, por lo que Feidel regresó rápidamente a Dalag Luft y allí compararon los correajes del paracaídas con los del traje de vuelo de Alkemade. Ambos coincidían, así que el británico había dicho la verdad. Los técnicos de la Luftwaffe, incrédulos, llevaron a cabo todo tipo de comprobaciones y todas llevaban a un mismo punto; la hazaña del aviador era cierta. A partir de ese momento, los mismos alemanes que habían tratado al sargento como un espía pasaron a considerarle como un héroe.

Sus compañeros de cautiverio, que tampoco le habían otorgado demasiada verosimilitud a la historia, lo convirtieron desde entonces en un mito viviente. Convencidos de que Alkemade, cuando regresase a Gran Bretaña, tendría que enfrentarse a la incredulidad de sus compatriotas, decidieron escribir en las tapas interiores de una biblia una declaración firmada por el teniente H. J. Moore, el sargento R. R. Lamb y el sargento T. A. Jones, dando fe que su extraordinaria historia era totalmente cierta, y que decía así:

"Dalag Luft, 25 de abril de 1944: Las autoridades alemanas han investigado y comprobado que las declaraciones del argento Alkemade, 1.431.537 de la RAF, son ciertas en todos sus aspectos. Realizó un descenso de 6.000 metros sin paracaídas, al haber ardido en el interior del avión, y llegó a tierra sin sufrir heridas de importancia. Cayó en la nieve después de amortiguar su caída gracias a unos abetos".

Alkemade regresó a su país en mayo de 1945, concediendo una multitudinaria rueda de prensa en Londres para explicar los detalles de su increíble experiencia. Pese a ser un tratado como un héroe, después de la guerra tuvo que trabajar en una fábrica de productos químicos, donde por tres ocasiones más logró esquivar a la muerte.

En una ocasión, una viga de acero de más de 100 kgs de peso cayó sobre él. Rescataron su cuerpo de debajo de la viga, creyendo que estaba muerto, pero se quedaron perplejos al comprobar que, aunque estaba inconsciente, tan sólo presentaba una pequeña herida en la cabeza de la que se restableció al poco tiempo. En los años siguientes sufrió otros dos accidentes de trabajo que estuvieron a punto de acabar con su vida: sufrió quemaduras con ácido sulfúrico, de las que también pudo restablecerse, y más tarde recibió una descarga eléctrica que le hizo caer en un depósito de cloro, donde respiró sus gases durante casi un cuarto de hora, pero fue rescatado a tiempo. Ninguno de estos tres accidentes pudo acabar con él.

Sin duda, un tipo con suerte, al que la muerte sólo pudo llevárselo en 1987, a los 64 años de edad.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Reseñas Libros: "El Holocausto Asiático"

"El Holocausto Asiático" ('Horror in the East') del británico Laurence Rees - escritor, productor y director creativo de la BBC en programas sobre historia y series documentales - es un interesantísimo y recomendable (a la par que breve y ameno) libro sobre las innumerables atrocidades cometidas por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa (1937-1945) y la Segunda Guerra Mundial en los escenarios de Asia (Birmania, Hong Kong, Singapur, Malasia, China...) y en las Islas del Pacífico.

Unos crímenes execrables que nada tienen que envidiar a los perpetrados en el Frente Oriental Europeo por la Alemania Nazi o el Ejército Rojo y que en muchas ocasiones incluso los superan con creces en número y en crueldad.

El terrible genocidio de Nanking en 1937 (más de 300.000 prisioneros y civiles asesinados) y las otras matanzas y violaciones en masa de civiles llevadas a cabo en China, los enterramientos vivos, las prácticas de bayoneta y espada realizados con campesinos y prisioneros vivos, los experimentos con armas bacteriológicas y biológicas, la realización vivisecciones y otras prácticas médicas y quirúrgicas con personas vivas, las mujeres obligadas a la fuerza a prostituirse en burdeles para las tropas, la brutalidad y maltrato sistemático contra los prisioneros de guerra (por ejemplo, en el campo de Sandakán (Malasia) sólo sobrevivieron 6 prisioneros de un total de 2.500, víctimas del hambre, la sed, las enfermedades, las extenuantes marchas por la selva y los trabajos forzosos), el canibalismo practicado sobre cadáveres de soldados australianos (o incluso prisioneros vivos) en Nueva Guinea, los suicidios colectivos o los ataques de los kamikazes, se dan cita en las páginas de la obra de Laurence Rees.

A través de una serie de testimonios de víctimas y, lo que es más interesante, de los propios verdugos, el autor no sólo da un somero repaso al amplio catálogo de brutalidades y tropelías cometidas por los nipones contra los combatientes enemigos, los prisioneros de guerra y la población civil, sino que además trata de encontrar respuestas e intentar explicarse estos terribles hechos. ¿Por qué si los japoneses habían tratado humanamente a sus prisioneros en la Primera Guerra Mundial, se comportaron tan cruelmente en la Segunda? Si el antiguo código del guerrero japonés y de los samurais le obligaba a impedir que fuera capturado, pero también a tratar con amabilidad a aquellos que se le rendían, ¿por qué en la Segunda Guerra Mundial todo eso cambió drásticamente? Este libro es, a la vez, una respuesta a esas (y otras cuestiones) - que obviamente no voy a desvelar, eso lo dejo para vosotros - y un alegato contra la brutalidad y el sinsentido de la guerra.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La Fuga Suicida de Cowra

La fuga más numerosa, y a la vez más trágica, de la Segunda Guerra Mundial, se produjo en el campo de prisioneros de guerra de Cowra, un distrito agrícola en el valle Lachlan de Nueva Gales del Sur (Australia), a unos 300 kms al oeste de Sydney.

La denominación oficial del recinto era Prisoner of War Camp nº 12, y encerraba entre sus alambradas unos 4.000 hombres, militares y civiles pertenecientes a países del Eje y algunos indonesios detenidos a petición de las autoridades de las Indias Orientales Holandesas acusados de colaborar con el enemigo. El campo de prisioneros de Cowra ocupaba un área de más de 30 hectáreas. Tenía una forma octogonal, dividido en cuatro partes por dos carreteras de 700 metros de largo, conocidas como “No Man’s Land” (que iba en sentido este-oeste y tenía 10 metros de ancho, incluidas las alambradas que lo delimitaban) y “Broadway” (llamada así por su iluminación nocturna, que servía de camino de acceso al campo y vía principal, tenía una anchura de 45 metros y lo recorría en dirección norte-sur). Alrededor del perímetro del campo había tres vallas, con metros de alambradas entre ellas. El campo contaba con seis torres de vigilancia, de casi nueve metros de altura, con ametralladoras Vickers. El perímetro estaba regularmente recorrido por guardias armados pertenecientes al 22nd Garrison Battalion de la Milicia Australiana, formada en su mayoría por veteranos o jóvenes considerados físicamente incapaces para su servicio en el frente.

Dos de los sectores, los llamados A y C, acogían a los prisioneros de guerra italianos, que sumaban aproximadamente la mitad del total, y a los indonesios. En el sector D estaban los oficiales japoneses junto a los prisioneros de Formosa y Corea, que servían en su mayoría como auxiliares en el ejército japonés. Los prisioneros del sector B (que fue en el que se produjeron los hechos que hoy os cuento) eran todos japoneses, que hacían un total de 1.104 hombres, todos ellos suboficiales y tropa, capturados en su mayoría en Nueva Guinea y las Islas Salomon.

Debe precisarse que el trato que los australianos dieron a sus prisioneros de guerra fue en general más que correcto, de acuerdo siempre a la Convención de Ginebra. Incluso permitieron a miles de prisioneros italianos trabajar en granjas sin ningún tipo de vigilancia (y en el momento de los sucesos de Cowra las autoridades australianas estaban considerando dar trabajo también a los prisioneros japoneses). Sin embargo, pese a ese trato correcto, la relación entre los presos japoneses y sus guardias era difícil, a causa de las grandes diferencias culturales. A diferencia de los italianos, que aceptaban con normalidad su condición de prisioneros y se limitaban a esperar pacientemente el fin de la guerra, los soldados japoneses capturados se sentían avergonzados de su condición. En agosto de 1944 había en Australia 14.720 prisioneros de guerra italianos, capturados principalmente en la campaña del Norte de Africa, 1.585 alemanes, en su mayoría marinos mercantes o de la Kriegsmarine, y 2.223 japoneses, incluyendo 544 marinos mercantes. Estaban repartidos en 28 campos de internamiento.

Durante la noche del 4 al 5 de agosto de 1944, los 1.104 prisioneros japoneses internados en el sector B del campo emprendieron una masiva fuga suicida saltando las alambradas. Antes, se habían distribuido las armas disponibles (cuchillos, bates de béisbol, palos y estiletes hechos con alambre, que pueden verse en la imagen de aquí arriba) y se había dividido a los hombres en grupos a los que asignaron distintos objetivos. Se decidió que antes del inicio de la evasión los prisioneros incapacitados para participar en la fuga por lesión o enfermedad pudiesen suicidarse para salvar su honor. Algunos de los líderes de la fuga también optaron por quitarse la vida cuando terminaron todos los preparativos sin llegar a participar directamente en el intento de evasión. Fue el caso del contramaestre Enji Kakimoto, piloto de caza de la Marina Imperial y as de la aviación japonesa, que se ahorcó en su barracón momentos antes del inicio de la rebelión.

Esa madrugada, poco antes de las 2, un japonés corrió a las puertas de campo y gritó lo que parecía ser una advertencia a los guardias. Entonces sonó una corneta japonesa. Esa era la señal convenida para el inicio de la rebelión (el corneta, Hajimi Toyoshima, piloto de la Marina derribado en el raid contra Darwin, que había sido el primer prisionero japonés capturado por los australianos en la guerra). Un guardia hizo un disparo de advertencia. Más guardias dispararon cuando una avalancha de presos, en cuatro grupos separados, gritando "Banzai", se abalanzaron sobre las alambradas. Dos de los grupos se dirigieron al perímetro exterior del campo, en las caras sur y oeste, los otros dos trataron de cruzar Broadway para llegar al sector D, donde se encontraban el resto de los prisioneros japoneses, y a los barracones de la guarnición australiana. Mientras tanto, los que no participaron en la primera oleada prendieron fuego a los barracones. Poco tiempo después, la mayor parte de los barracones del sector B estaba ardiendo. Para atravesar las alambradas tiraban sobre ellas mantas y ropas de invierno. Se lanzaron al asalto a los puestos de ametralladoras armados únicamente con sus armas improvisadas, mostrando un desprecio suicida por la propia vida.

Los guardias australianos Benjamin Hardy y Ralph Jones, hicieron fuego con su ametralladora Vickers contra la primera oleada de asaltantes pero, abrumados por la superioridad numérica, fueron incapaces de detenerlos y resultaron muertos. Jones antes de morir logró quitar y ocultar el cerrojo del arma, inutilizándola e impidiendo así que los fugados pudiesen utilizarla contra los guardias. Por su acción, Hardy y Jones fueron condecorados póstumamente con la George Cross. Los intentos de atravesar Broadway fracasaron. Retenidos por un intenso fuego, unos 200 hombres se refugiaron en una zanja de la que sólo salieron al amanecer para rendirse. Por contra, la mayor parte de los prisioneros de los grupos que trataron de cruzar el perímetro exterior lograron escapar. Algunos se suicidaron o murieron a manos de sus compatriotas antes de lograr escapar.

En total murieron durante la fuga 3 guardias australianos y otros 3 resultaron heridos. Además de los soldados Hardy y Jones, el tercer australiano muerto fue el soldado Charles Shepherd, que resultó herido de muerte en el asalto al perímetro de Broadway. La fuga se saldó con un total de 209 prisioneros japoneses muertos (31 de ellos se suicidaron, otros murieron en los incendios de los barracones) y 298 heridos, algunos con heridas autoinfligidas tratando de quitarse la vida.

Lograron escapar del campo de prisioneros un total de 359 soldados nipones, sin embargo, la mayoría de ellos fueron capturados o se rindieron sin ofrecer resistencia - incluso se dieron casos (al menos dos) de fugitivos capturados por civiles -. Otros, unos 25 hombres, se suicidaron antes de ser capturados. Dos de ellos se tiraron bajo un tren, otros muchos se colgaron. Los últimos fugados vivos fueron capturados 10 días después de la evasión; algunos llegaron hasta Eugowra, a más de 50 km de distancia de Cowra.

Entre la población civil australiana no hubo ninguno herido ni muerto, ya que los líderes de la fuga habían prohibido a sus hombres hacer daño a los civiles australianos. El único muerto en las operaciones de captura de los prisioneros fue el teniente Harry Doncaster, del 19th Australian Infantry Training Battalion, asesinado a 11 kms al norte de Cowra.

La naturaleza de esta fuga masiva encajaba perfectamente con la mentalidad de los soldados japoneses. Teniendo en cuenta que para ellos el rendirse o ser hecho prisionero era una vergüenza y un deshonor que difícilmente podría ser borrado, la huida se convirtió prácticamente en un suicidio, acorde con las cargas banzai llevadas a cabo durante la guerra en las que miles de soldados nipones fueron masacrados inútilmente. Masaru Morki, un superviviente, escribió más tarde, "Como soldados japoneses, tuvimos que elegir la muerte. No podíamos segur viviendo indefinidamente con la vergüenza de haber sido capturados... Nosotros nos guiábamos por el Código del Combatiente, el núcleo de la disciplina militar”.

Una fuga similar se intentó en un campo de prisioneros japoneses en Fetherstone (Nueva Zelanda), utilizando idéntico método de huida: centenares de nipones comenzaron a saltar la valla sin importarles las ametralladoras de los vigilantes. El resultado, 48 prisioneros japoneses muertos y otros 74 heridos.

El propio primer ministro australiano, John Curtin, se estremeció ante la descripción de la sangrienta fuga, y expresó su incomprensión hacia “semejante desprecio por la propia vida”, teniendo en cuenta que la acción de los japoneses no tenía ninguna posibilidad de saldarse con éxito.Temiendo las represalias contra los soldados australianos que se encontraban recluidos en los campos de prisioneros japoneses, las autoridades australianas decidieron declarar secreto este incidente. Los informes sobre la fuga de Cowra no serían desclasificados hasta 1950.

La investigación oficial de los hechos exculpaba totalmente a los responsables del campo de la masacre. Los informes de la investigación fueron leídos a la Cámara de Representantes australiana por Curtin en 8 de septiembre de 1944 y sus conclusiones fueron:

- El campo cumplía con la Convención de Ginebra y las condiciones de vida de los prisioneros eran buenas.
- Antes del incidente no hubo ninguna queja por el trato recibido por parte de los prisioneros japoneses o en su nombre. La rebelión parecía ser el resultado de un proyecto premeditado y previamente preparado.
- Las acciones de la guarnición australiana al resistir el ataque evitaron una mayor pérdida de vidas, y el fuego cesó tan pronto como recobraron el control del campo de prisioneros.
- Muchos de los muertos se habían suicidado o habían sido asesinados por otros prisioneros, y muchos de los japoneses que resultaron heridos se habían autoinfligido las heridas.

En la actualidad, el Cementerio Japonés de Cowra reúne las tumbas de 522 soldados nipones que murieron en Australia durante la Segunda Guerra Mundial, incluidos los que fueron abatidos durante la huida del citado campo de prisioneros. En esta localidad australiana se inaguró en 1979, con motivo del 35 aniversario, un jardín japonés que conmemora aquel intento de fuga que no fue más que un suicidio masivo.

martes, 5 de julio de 2011

La Marcha de la Muerte de Batán

Al día siguiente del ataque a Pearl Harbor, el 8 de Diciembre de 1941, las tropas japonesas invadieron las Islas Filipinas - estado libre asociado de los EEUU -; aunque superadas numéricamente, las mejor entrenadas fuerzas japonesas lograron acorralar a las fuerzas filipino-estadounidenses de la isla de Luzón en la península de Batán y la isla de Corregidor.

Los estadounidenses y filipinos de Batán había resistido los ataques japoneses en los meses de Enero y Febrero, pero la malaria se cebó en mucho de ellos y hacia Febrero se estaba agotando la quinina (medicamento eficaz para tratar dicha enfermedad). La comida también fue un gran problema, ya que la superioridad aérea japonesa trajo consigo la escasez de suministros para las tropas asediadas. Ni siquiera había forraje para los caballos, así que tuvieron que sacrificarlos, para alimentarse.

El presidente Roosevelt aceptó que la defensa de Filipinas había fracasado y el 23 de Febrero ordenó al General Douglas MacArthur que marchara hacia Australia para tomar el mando de los Aliados en el suroeste del Pacífico. Reforzados con nuevas tropas los japoneses reemprendieron sus ataques contra los exhaustos defensores de la península de Batán, que se rindieron el 9 de Abril de 1942 (en Corregidor, cerca de la península, resistieron hasta la noche del 5 de Mayo, y la rendición de Filipinas se completó definitivamente el 9 de Junio de 1942).

Los japoneses tenían un plan para transportar los numerosos prisioneros de guerra desde Mariveles, cerca del extremo de la península, hasta el campamento O'Donnell, a unos 145 kilómetros al norte. Durante una parte del camino los prisioneros tenían que caminar, y en otras estaba previsto usar ferrocarril o camiones. Homma Masaharu, el comandante japonés, creía que no habría más de 25.000 prisioneros, pero resultaron ser un total de 76.000, muchos debilitados por la malaria y por meses de alimentación con raciones ínfimas. La gran mayoría eran filipinos, y el resto, unos 12.000 aproximadamente, norteamericanos.

El 10 de Abril de 1942 los prisioneros abandonaron el aeródromo de Mariveles en dirección a San Fernando. Esta primera parte de la "Marcha de la Muerte" se cumplió con grandes estragos para los cautivos, quienes fueron tratados de acuerdo al concepto japonés de la época de que un hombre que se rinde pierde su honor y sólo merece la muerte. En general, los japoneses sentían desprecio por todo soldado que se rendía pues dentro de los cánones de su moral, el vencido sin honor solo tenía un camino, el del suicidio. Por eso, la marcha se caracterizó por una amplia gama de abusos físicos y actos de violencia (robo de pertenencias, golpes, bayonetazos, insultos y agresiones, negativa deliberada a dar agua y alimentos) inflingidos a los prisioneros por los soldados japoneses, quienes también cometieron numerosos asesinatos. Aparte del maltrato, la falta de alimentos adecuados, de agua y medicinas diezmó a los prisioneros. Un soldado japonés estaba acostumbrado a luchar con sólo un plato de arroz al día, pero esa dieta no era suficiente para los prisioneros occidentales que además sufrieron todo tipo de enfermedades que no podían curar por falta de medicinas y en un ambiente hostil con temperaturas sobre los 40ºC.

Todas las mañanas los japoneses reunían grupos de unos cientos de hombres que a punta de bayoneta eran formados para iniciar la marcha. La mayoría se encontraban agrupados entre desconocidos y cada uno trataba de sobrevivir sin importarle los demás. Quienes tuvieron la fortuna de reunirse con compañeros de su misma unidad, tuvieron la suerte de poder ayudarse unos a otros. Algunos hombres pudieron resistir 9 días y otros apenas 4. Aquel que se rezagaba era dejado en el camino y sólo le esperaba la muerte, pues nadie estaba en condiciones de ayudarle a nos ser a costa de su propia vida. Así, por ejemplo, un coronel herido en las piernas fue llevado en una camilla por 4 voluntarios, pero a mediodía cuando el sol estaba en su cenit y el calor se hacía insoportable por la falta de agua, fue abandonado a un lado del camino, donde quedó clamando que lo ayudaran.

Un desfallecimiento equivalía a una sentencia de muerte al ser rematado por los nipones de un tiro, al igual que cualquier protesta o una simple petición de agua podía suponer igualmente ser ejecutado de un disparo o decapitado con una katana. Los prisioneros, en ocasiones, eran atacados por ayudar a sus compañeros más débiles. Tampoco faltó algún episodio de soldados enterrados vivos por los japoneses. También se han documentado casos en que los conductores de los vehículos japoneses ataban una bayoneta de fusil a un largo palo y cortaban en cadena las gargantas de los prisioneros (en este caso filipinos) que marchaban junto por el lado derecho de la carretera (los americanos lo hacían por la izquierda). Como no había suficiente agua, muchos prisioneros tomaban agua de las lagunas contaminadas, enfermaban y morían.

El número de prisioneros crecía a medida que otros se iban rindiendo en los diferentes puntos de la ruta, a lo que se unió un gran número de refugiados civiles. Las condiciones fueron de mal en peor a medida que avanzaban hacia el norte, en medio de un calor sofocante. En la segunda parte de la marcha, durante el trayecto en ferrocarril, algunos prisioneros fueron hacinados en grupos de 100 a 150 en vagones de ganado, de pie durante un viaje de 40 kilómetros hasta Capas, y muchos (100 o más) murieron por las penosas condiciones del viaje. Después de llegar a Capas, aún tuvieron que recorrer casi 15 kilómetros a pie hasta el campo O'Donnell.

No se sabe exactamente cuantos murieron durante la marcha, pero se cree que unos 15.000 de los que partieron nunca llegaron a su destino. Durante la marcha murieron entre 600 y 650 estadounidenses. Los filipinos sufrieron más que los estadounidenses el maltrato, a pesar que estos últimos pensaban que sería al revés (quizás fuera porque los japoneses se consideraban una raza superior en Asia) y se llevaron la peor parte. Aunque unos 1.700 consiguieron escapar, otros 2.500 fueron dejados en hospitales y un pequeño número de filipinos quedó trabajando al servicio de los japoneses en Batán, no cabe duda que un número entre 5.000 y 10.000 murió durante la marcha.

En 1946, Homma fue procesado por las brutalidades cometidas por sus tropas durante la "Marcha de la muerte". El general japonés sostuvo durante el proceso que desconocía las condiciones que habían tenido que sufrir los prisioneros. Señaló que había tardado 2 años en saber lo que había sucedido. Ocupado en otros objetivos militares dio por sentado que todo había transcurrido como se había pensado y nadie le informó de lo sucedido ni tampoco él se tomó la molestia de investigarlo. Obviamente se trató de un evidente error de planificación y de falta de previsión que no contó con el aluvión de prisioneros que se rindieron a los japoneses, a lo que se unió la brutal y sádica actitud de las tropas niponas.

No cabe duda de que fue un acto de negligencia terrible y dificilmente disculpable del general nipón, pero cabe cuestionarse seriamente si la marcha fue planificada como una acción de exterminio. En cualquier caso, Homma Masaharu fue declarado culpable, sentenciado a muerte y ejecutado el 3 de Abril de 1946.

lunes, 18 de abril de 2011

Los Hiwis

Durante la Segunda Guerra Mundial un Hiwi (apócope del alemán Hilfswillige -"ayudante o auxiliar voluntario") era todo aquel soldado voluntario no alemán adscrito a la Werhmacht (Fuerzas Armadas Alemanas) y que prestaba todo de servicios auxiliares (tales como trabajos pesados, servicios en cocinas, establos, hospitales o almacenes, conductores de vehículos, mensajeros, labores de guardia y vigilancia de campos de prisioneros, carga y descarga, suministro de munición, cavar trincheras y construir búnkers o fortificaciones, etc.), llegando en algunas ocasiones incluso a luchar en el frente junto a los soldados alemanes o realizar acciones de sabotaje y combatir a los partisanos que hostigaban a las fuerzas de Hitler en la retaguardia. 

En teoría, los Hiwis eran desertores de los ejércitos que combatían contra los alemanes (fundamentalmente del Ejército Rojo) o civiles de los territorios ocupados que voluntariamente y por diversas razones (políticas e ideológicas o simple y pura superviviencia) decidían unirse a los ejércitos del Fürher y colaborar con los nazis. Así por ejemplo, muchos miembros de minorías étnicas no rusas como los ucranianos, bielorrusos, lituanos o estonios, a los que el régimen bolchevique de Stalin había masacrado, explotado y marginado, vieron al ejército invasor de la Alemania nazi como un libertador y se unieron a él para luchar contra los bolcheviques. Aparte de ese anti-bolchevismo, en otras ocasiones el fuerte antisemitismo de algunas de esas etnias era el motivo para enrolarse en las filas teutonas. 

Sin embargo, en la mayoría de los casos se trataba de soldados soviéticos, que su único motivo era tratar de sobrevivir. La crueldad y el trato inhumano que los oficiales del Ejército Rojo dispensaban a sus soldados, a los que enviaban directamente al sacrificio al lanzarlos en masa en ataques suicidas, mal armados y equipados (y bajo la constante amenaza de ser ejecutados en el acto si retrocedían o se retiraban) fueron la causa para que miles de ellos se pasaran al lado alemán transformándose en Hiwis. Conforme avanzaba la guerra, un gran número de Hiwis lo formaban prisioneros de guerra rusos, que alentados por las promesas de un mejor trato, de poder reunirse con sus familias y sólo para huir del penoso cautiverio, aceptaban ser reclutados de los campos de prisioneros para compensar la cada vez más acusada, escasez de hombres en las filas alemanas.

Antony Beevor, en su recomendable libro"Stalingrado", relata como un hiwi capturado por los soviéticos dijo a su interrogador de la NKVD (algo así como la policía militar del régimen bolchevique) que los rusos en el ejército alemán podían dividirse en 3 categorías: en primer lugar, las tropas voluntarias combatientes "Osstruppen" movilizadas por los propios alemanes (las llamadas secciones cosacas, la división de Vlasov o la Brigada Kaminski, que estaban adscritas a las divisiones teutonas); en segundo lugar, estaban los Hilfswilligen, que eran los civiles locales o prisioneros rusos voluntarios o aquellos soldados del Ejército Rojo que desertaban para unirse a los alemanes, quienes vestían el uniforme alemán completo con sus rangos e insignias y que al igual que los soldados alemanes estaban adscritos a regimientos alemanes. Y por último estaban los prisioneros rusos que hacían el trabajo pesado, las cocinas, los establos y demás.
Este Hiwi en concreto al que hace referencia el escrito británico, junto con otros 10 prisioneros había sido sacado del campo de prisioneros de Novo-Aleksandrovsk, para trabajar para el ejército alemán. Ocho de sus compañeros fueron ejecutados durante la marcha cuando se desmayaron por el cansancio y el hambre, y él fue destinado a la cocina de campaña de un regimiento de infantería donde pelaba patatas. Posteriormente se le envió a los establos a cuidar los caballos. Muchos de esos prisioneros rusos, que como él, fueron inducidos mediante promesas, para ir de voluntarios, pronto se dieron cuenta de la cruda realidad. Cuenta Beevor, que el citado Hiwi, en el interrogatorio relató como conoció a otros Hiwis ucranianos, quienes le contaron que se habían creído las octavillas propagandísticas que les repartieron y que confiaban en volver con sus esposas. Sin embargo, pronto iban a ser enviados al frente a combatir a sus compatriotas: si se negaban, los alemanes los fusilarían. Y si regresaban con los rusos, serían también ejecutados (como muchos otros que se rindieron o fueron hechos prisioneros y posteriormente liberados por el Ejército Rojo) por traidores.

Si bien Adolf Hitler estuvo en un principio en contra de aceptar desertores - y mucho menos, de una etnia considerada inferior como la eslava - dentro de las filas alemanas, el pragmatismo y la necesidad terminó por imponerse en las situaciones más desesperadas, aprovechando así de manera útil la ingente cantidad de prisioneros, fundamentalmente soviéticos, que habían sido capturados. Así, por ejemplo, en la Batalla de Stalingrado, el VI Ejército alemán al mando del Mariscal Paulus tenía más de 50.000 auxiliares rusos adscritos a sus divisiones en la línea del frente, lo que que representaba un cuarto de su fuerza. En concreto, la 71ª y 76ª Divisiones de Infantería tenían, según señala el citado Beevor, más de 8.000 Hiwis cada una, lo que representaba prácticamente el mismo número de soldados alemanes con los que dichas divisiones contaban. Algunas fuentes afirman que para la primavera de 1942 había 200.000 Hilfswillingen (ayudantes voluntarios) o Hiwis detrás de los ejércitos alemanes y que a finales de ese año la cifra alcanzó el millón.
Todo ello provocaba una cierta incomodidad o sensación de extrañeza entre los alemanes. Así un oficial alemán contaba en una carta dirigida a otro compañero lo siguiente: "Es preocupante que nos veamos obligados a reforzar nuestras tropas de combate con prisioneros rusos de guerra...Es una situación extraña que las bestias a quienes hemos estado combatiendo estén ahora viviendo con nosotros en la armonía más estrecha". No obstante, según afirma Beevor en su mencionado libro "Stalingrado", parece ser que, en líneas generales, las unidades alemanas del frente (sobre todo los soldados rasos, no tanto los oficiales) trataron de forma aceptable a los Hiwis, aunque con cierto grado de desprecio.

Los Hiwis de origen ruso que cayeron prisioneros del Ejército Rojo o fueron puestos en manos de los soviéticos por los mismos aliados (principalmente americanos, británicos y franceses), en su mayoría terminaron ejecutados sumariamente por traición o bien enviados al Gulag (donde millares de ellos también fueron ajusticiados o perecieron de hambre, frío y enfermedad). Para finalizar, os dejo otro testimonio (una nota encontrada a un prisionero ruso, seguramente un Hiwi) extraído de otro libro más que interesante del citado Antony Beevor ("Berlín - La Caída: 1945") que creo es bastante revelador del drama de estos pobres diablos: "Camaradas soldados, nos entregamos a vosotros y os pedimos un gran favor: decidnos, por favor, por qué estáis matando a los rusos encerrados en las prisiones alemanas. Resulta que nos capturaron y nos llevaron a trabajar para sus regimientos, y lo hicimos sólo por no morir de hambre. Ahora resulta que llevan a esas personas al lado ruso, a su propio ejército, y los fusiláis. ¿Por qué? os preguntamos ¿Es porque el mando soviético traicionó a esas personas en 1941 y 1942?".

Y eso es todo. Espero que os haya gustado. Otro día más...