jueves, 13 de junio de 2013

Testimonios de la 2ª Guerra Mundial (37)


"Todas las carreteras estaban llenas de ancianos, mujeres y niños, grandes familias, avanzando lentamente hacia el oeste en carros, en automóviles o a pie. Nuestras tropas de tanques, de infantería, de artillería y de transmisiones los alcanzaron y despejaron el camino para poder pasar echando a la cuneta o a uno y otro lado del camino sus caballos, carretas y en general todas sus pertenencias. Luego miles de ellos obligaron a los ancianos y a los niños a echarse a un lado. Olvidando su honor y lo que era su deber y olvidándose también de las unidades alemanas en retirada, se abalanzaron sobre las mujeres y las niñas (...)

Las mujeres, las madres y sus hijas, están tumbadas a derecha e izquierda de la carretera, y delante de ellas hay una pandilla de hombres riendo con los pantalones bajados. A las que ya están cubiertas de sangre y han perdido el conocimiento se las llevan a rastras a un lado. A los niños que han intentado ayudarlas les han pegado un tiro. Se oyen risas, bramidos y burlas, gritos y gemidos. Y los mandos de los soldados - comandantes y tenientes coroneles - están ahí, de pie en medio de la carretera. Algunos ríen, pero otros dirigen las operaciones de modo que todos sus soldados sin excepción puedan tomar parte en ellas. 

No es un rito de iniciación, y no tiene nada que ver con la venganza contra los malditos ocupantes, es simplemente una diabólica manifestación de sexo en grupo. Pone de manifiesto una absoluta falta de control y la lógica brutal de una multitud enloquecida. Yo estaba aturdido en la cabina de nuestro camión de tonelada y media de capacidad, mientras mi chófer, Demidov, estaba en una de las colas. Pensé en la Cartago de Flaubert. El coronel, que se había limitado a dirigir las operaciones, no pudo resistir la tentación y se puso en una de las colas, mientras que el comandante mataba a tiros a los testigos, niños y ancianos que estaban histéricos."

Leonid Radichev, teniente radiotelegrafista del XXXI Ejército soviético, describe las atrocidades cometidas por el Ejército Rojo en Prusia Oriental (enero 1945)


Fuente:
"La Segunda Guerra Mundial" de Antony Beevor

miércoles, 12 de junio de 2013

Citas Célebres de la 2ª Guerra Mundial (63)

"Oficiales, suboficiales y soldados de la Fuerza Imperial Australiana: estos grandes días que vivimos son más un tiempo de hechos que de palabras, pero cuando se han realizado grandes hazañas no hace daño hablar de ellas. Y se han realizado grandes hazañas.

La Batalla de El Alamein ha hecho historia y ustedes están en la envidiable situación de haber tenido una participación muy importante en dicha gran victoria. Su reputación de combatientes se ha hecho famosa, pero no creo que jamás hayan luchado con mayor valentía o distinción que durante esta batalla.....

Hay por delante una lucha dura e implacable antes de que lleguemos a la victoria final y aún se debe combatir sin tregua. En el flujo y el cambio continuo de la guerra, también cambian los individuos. Algunos vendrán; otros se irán. Las formaciones pasarán de uno a otro escenario y no sé dónde estarán ustedes cuando tengan lugar las próximas batallas. Pero estén donde estén, siempre estarán presentes en mi corazón y seguiré con interés su suerte y con admiración sus éxitos. Hay un hecho que recordaré por encima de todo: que bajo mi mando combatió la 9ª División Australiana."

General Harold Alexander - Comandante en Jefe de las tropas británicas en Oriente Medio (Middle East Command), durante el discurso de despedida a la 9ª División de Infantería Australiana, retirada del frente y devuelta a su país tras la victoria en El Alamein (Aeropuerto de Gaza, 22 diciembre 1942)

martes, 11 de junio de 2013

Roosevelt y el Mapa de la Sudamérica Nazi

A mediados de 1941, el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt era un firme partidario de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Su aliado natural, Gran Bretaña - con quién había firmado la Ley de Préstamo y Arriendo en marzo de 1941 para el suministro de grandes cantidades de material bélico -, resistía a duras penas los embates de las fuerzas del Eje, mientras que su aliado circunstancial, la URSS, parecía estar al borde del colapso en los primeros compases de la Operación Barbarroja, con las tropas de la Wehrmacht y sus aliados, avanzando rápida e inexorablemente por el interior del territorio soviético. Mientras tanto, en el Pacífico, las ansias imperialistas y expansionistas de Japón amenazaban seriamente la esfera de influencia estadounidense.


Roosevelt se encontraba con la dificultad de vencer las reticencias de sus compatriotas a entrar en la contienda. Aún estaba fresco el recuerdo de la intervención estadounidense en la Gran Guerra, y estaba muy presente que aquella acción no había servido para sellar una paz definitiva en el viejo continente. Así pues, los norteamericanos, por regla general, preferían mantener una posición aislacionista. Pero el presidente estaba decidido a que los EE.UU. entrarán en la guerra. Con el fin de ir preparando a la opinión pública, el 27 de octubre de 1941, con motivo del "Día de la Armada",  pronunció un discurso en que se pudieron escuchar estas palabras: "Hitler ha dicho en muchas ocasiones que sus planes de conquista no se extienden a través del océano Atlántico. Pero yo tengo en mi poder un mapa secreto, hecho en Alemania, por su gobierno, que muestra sus planes para un nuevo orden mundial. Es un mapa de Sudamérica y parte de América Central y de como Hitler pretende reorganizarlas. El mapa, amigos míos, deja claro no solo el destino que los nazis desean para Sudamérica, sino también para los EE.UU."


El mapa en cuestión era el que podéis ver sobre estas líneas. En él se podía observar como los alemanes habían diseñado las nuevas fronteras que tendría America del Sur una vez que hubiera caído en sus manos. Ese mapa, ampliamente difundido por la prensa, mostraba el siguiente título: "Luftverkehrsnetz der Vereinigten Staaten Süd-Amerikas-Hauptlinien", es decir, "Rutas Aéreas en los Estados Unidos de América del Sur - Líneas Principales". En él puede verse como Sudamérica está dividida en sólo 5 países: Argentinien, Brasilien, Chile, Guyana y Neuspanien. El resto de países quedaba repartido entre ellos. Guyana englobaría las 3 guyanas - francesa, británica y holandesa - y estaría tutelada por el gobierno colaboracionista de Vichy. Nueva España estaría integrada por Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá (por tanto, el canal de Panamá, bajo la soberanía de EE.UU. pasaría a encontrarse bajo dominio alemán). Chile,  por su parte, se anexionaría Perú y una parte de Bolivia. Un detalle curioso es que Chile quedaba cortado a la altura del puerto de Antofagasta para permitir una salida al océano Pacífico a Argentina, que por su parte, vería ampliado su territorio con Uruguay, Paraguay y las británicas Islas Malvinas. Finalmente, Brasil se anexionaba la parte de Bolivia que no había quedado bajo dominio chileno.


Obviamente, este plan suponía una clara amenaza para los intereses norteamericanos, e incluso el nombre elegido por los alemanes - Estados Unidos de América del Sur - suponía en cierto modo una provocación. La existencia de ese mapa, supuestamente arrebatado a un espía alemán en Buenos Aires tras sufrir un accidente de tráfico, demostraba que Hitler albergaba planes de expansión en el continente americano. Según Roosevelt, esos nuevos países - a excepción de Guyana -, no serían más que estados satélites de la Alemania nazi, gobernados por un Gauleiter, tal y como sucedía en Europa, con Polonia o Checoslovaquia.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1985, dos investigadores, John F. Bratzel y Leslie B. Rout, descubrieron que el célebre mapa no era más que una falsificación confeccionada por los servicios secretos británicos con la intención de arrastrar a los Estados Unidos a la guerra en un momento en que el Reino Unido necesitaba desesperadamente su apoyo, así como para provocar una disminución del apoyo al Tercer Reich en algunos países sudamericanos y un incremento de la colaboración con el poderoso vecino del norte, el único que podía garantizar que los nazis se mantuvieran alejados. 

Fuentes: 
"100 Historias Secretas de la Segunda Guerra Mundial" de Jesús Hernández

viernes, 7 de junio de 2013

Humor en Tiempos de Guerra: Jugando con las Siglas (2)

--- Los tanques anfibios Sherman DD (Duplex Drive), eran llamados así, porque disponían de una doble hélice junto al motor principal, que estaba dotada de movilidad para poder corregir el rumbo. Usaba como flotador una cubierta de lona o toldo resistente al agua de 9 pies con 36 pequeños compartimentos estancos sujetos con puntales plegables de metal y que envolvía por completo el casco del tanque. Además de los dos propulsores o hélices - que en condiciones de navegación normales le permitían navegar a una velocidad de unos 5 nudos -, estaba equipado con una brújula y un periscopio, ya que en su recorrido por el mar, el DD quedaba prácticamente sumergido por debajo de la línea de flotación saliendo solo del agua parte de la cubierta de lona, confiriéndole la apariencia de un inusual cochecito de bebé (como se aprecia en la imagen inferior). Una bomba de achique con capacidad de 15 galones por minuto aseguraba la estanqueidad del compartimento.


Debían ser lanzados desde las lanchas LCT (Landing Craft Tank) desde una distancia no superior a  2.700 metros. Una vez el DD alcanzaba la orilla, el toldo se desprendía del tanque (en la fotografía sobre estas líneas) y operaba como cualquier carro de combate prestando cobertura y apoyo de artillería a la infantería. Los soldados aliados, utilizando sus siglas DD, los llamaban jocosamente tanques "Donald Duck" ("Pato Donald"), como el famoso personaje de animación creado por Walt Disney en 1934.

--- Ante el desastre de la invasión de Grecia por los ejércitos de Mussolini, el 6 de abril de 1941, Alemania invadió el país heleno desde Bulgaria, con la finalidad de dotar de más seguridad a su flanco sur, dando así comienzo a la denominada "Operación Marita". Los británicos, que en 1939 habían garantizado ayuda militar a los griegos si su integridad territorial era amenazada, tenían destacados en el país varios escuadrones de la Royal Air Force (RAF) así como un contingente de tropas denominada Fuerza W - llamada así por el general al mando, Henry Maitland Wilson -, formada por la 2ª División de Infantería Neozelandesa, la 1ª Brigada Acorazada Británica y la 6ª División de Infantería Australiana.


Una vez comenzada la invasión, y pese a la inicial resistencia tenaz de los griegos, las divisiones alemanas avanzan de manera rápida e inexorable, y los aliados se ven obligados a emprender una penosa retirada hacia el sur. Los ataques aéreos de la Luftwaffe contra las tropas de la Commonwealth que se repliegan comienzan a arreciar después de la primera semana de la invasión, cuando la aviación germana empieza a operar desde aeródromos avanzados en la zona de Salónica, que sido tomada por la 2ª División Panzer el 9 de abril. Apenas se veía en los cielos griegos ningún cazabombardero británico salir para atacar a los aviones germanos (sólo 58 de los 152 aparatos que la RAF tenía en Grecia funcionaban cuando los alemanes atacaron y muchos otros fueron destruidos en tierra), así que los soldados neozelandeses solían bromear diciendo que las siglas RAF realmente querían decir "Rare As Fairies", es decir, tan "raros  (de ver) como las hadas".

Fuentes:
"El Día D" de Stephen E. Ambrose
"La Batalla de Creta" de Antony Beevor

miércoles, 5 de junio de 2013

Base X: La Isla del Ántrax

Los Aliados no llegaron a utilizar, al menos que se sepa, armas químicas, pero - como os contaba en el anterior post - si que disponían de grandes reservas de gases asfixiantes, dispuestos para usarlos, en el supuesto de que Hitler decidiera recurrir a esa terrible arma para intentar dar un vuelco desesperado al desarrollo de la contienda. Lo que es menos conocido es que los británicos también disponían de bombas bacteriológicas, en las que habían comenzado a investigar en febrero de 1934, que se realizaron ensayos de campo y que Churchill puso bastante entusiasmo en el proyecto, llegando a plantearse utilizarlas durante la guerra. 


El Departamento Biológico Porton (BDP) se estableció en octubre de 1940 en la ciudad de Porton Down con el propósito de desarrollar y ensayar armas biológicas. Con la ayuda de científicos norteamericanos y canadienses, Gran Bretaña centró sus investigaciones en microbios que atacaran al ganado y que pudieran atomizarse para ser diseminados al explotar bombas o mediante aerosoles. En el verano de 1942, el departamento ya estaba listo para llevar a cabo pruebas de campo con ántrax, a fin de comprobar la viabilidad de una bomba biológica. El ántrax, conocido también como carbunco, es una grave enfermedad contagiosa provocada por la bacteria bacillus anthracis, mortal en muchos casos, tanto para personas como para animales. 


Como escenario de los primeros ensayos con ántrax se eligió Gruinard, una isla remota y pedregosa a 800 metros de la costa noroeste de Escocia. Situada cerca de un pueblo de pescadores llamado Aultbea, es un islote rocoso cubierto de brezo con 90 metros de altura, 2,4 kilómetros de largo y 1,6 de ancho. Recibió el nombre en clave de "Base X". En el primer ensayo realizado en Gruinard se empleó una bomba química modificada de 11 kilos, cargada con una "mezcla espesa y de color café", que era en realidad una masa de esporas de ántrax concentradas, que se lanzó sobre la isla por un bombardero Vickers Wellington. La prueba de campo demostró que los gérmenes podían producirse, transportarse y cargarse en bombas que se hacían explotar sobre las áreas fijadas como objetivo sin destruir los frágiles organismos vivos que propagaban la infección. Sobrevivieron las esporas y continuaron los ensayos, pero los efectos sobre el medio ambiente de la isla no se hicieron esperar. 


Las olas del mar desenterraron un cadáver de una oveja contaminada con ántrax de su sepultura al pie de un acantilado y llegó flotando hasta tierra firme; allí, posiblemente fue comida por un perro, que acabaría propagando la enfermedad a otros 63 animales. A los lugares en los que morían animales rápidamente acudían un grupo de miembros del proyecto y se los llevaban con discreción y sin ofrecer ninguna explicación a los granjeros, preocupados por la epidemia que estaba diezmando sus rebaños. Unos meses más tarde, ante el riesgo de que la operación trascendiese, se decidió detener los ensayos con agentes biológicos en la isla. 


Los avances en la investigación permitieron a primeros de 1944 presentar un proyecto viable al primer ministro británico. Se disponía de una bomba de 1.800 gramos rellena con esporas de ántrax, que había sido diseñada en el Reino Unido y producida en un laboratorio norteamericano. Según el informe que recibió Churchill, media docena de bombarderos Avro Lancaster podría transportar una cantidad de bombas suficiente para aniquilar lo que se hallara en un radio de 2,5 kilómetros cuadrados y convertir dicha zona en inhabitable. Churchill dio el visto bueno a la producción en grandes cantidades de esas bomba bacteriológica y el 8 de marzo de 1944 encargó la fabricación en EE.UU. de medio millón de unidades. "Háganme saber sin falta en qué momento disponemos de ellas. Tenemos que considerarlas suministro prioritario", escribió el premier británico al comité para la guerra bacteriológica. 


El éxito del desembarco de Normandía y los avances posteriores por territorio francés, así como la cada vez más débil oposición alemana a las incursiones de los bombarderos aliados sobre las ciudades germanas, seguramente hizo decrecer el interés por el uso de esas armas biológicas. Sin embargo, en diciembre de 1944, Churchill todavía consideraba seriamente la posibilidad de lanzar esas bombas bacteriológicas sobre ciudades como Berlín, Hamburgo, Frankfurt o Stuttgart. El plan consistía en arrojar un millón de bombas con esporas de ántrax sobre cada una de esas ciudades. El primer ministro británico expuso su planteamiento al jefe de su departamento de guerra química, al que también le pidió que investigara los efectos de un hipotético empleo de gas mostaza contra esos grandes núcleos de población. La contestación fue que si el plan se hubiera llevado a cabo, el número de muertes no hubiera bajado de los 3 millones de personas, mayoritariamente civiles (mujeres, niños, ancianos...), y que las ciudades quedarían inhabitables durante más de 3 décadas.


Sea o no cierta esa intención de Winston Churchill de lanzar un ataque bacteriológico contra la población civil alemana, lo que es innegable es que los aliados contaban con los medios necesarios para llevarlo a cabo. El desmoronamiento de los ejércitos del Tercer Reich en el verano de 1944 hizo innecesario recurrir a esa mortífera arma, pero no debe descartarse que, si el desembarco de Normandía hubiera fracasado y la guerra, por tanto, se hubiera alargado, las cosas hubieran sido distintas. No debemos olvidar que Churchill dijo en su día al embajador de los EE.UU. en la URSS, Averell Harriman "que si fallaba la Operación Overlord, Estados Unidos habría perdido una batalla, pero para los británicos sería el fin de su capacidad militar", por lo que es posible que los británicos hubieran decidido jugar esa última y terrible baza. 


En cuanto a Gruinard, señalar que el ántrax permanecería endémico en la isla durante décadas, siendo inútiles los intentos para eliminarlo por completo. No fue hasta 1986 cuando se consideró a la isla libre de la bacteria, tras limpiar a conciencia los focos de infección. Se recogieron toneladas de tierra, se llevaron en contenedores a tierra firme y se quemaron. Luego se disolvieron cerca de 300 toneladas de formaldehído en 2000 toneladas de agua de mar, con las que se empapó el suelo de la isla. El 24 de abril de 1990, el Secretario de Estado de Defensa, Michael Neubert, se desplazó a la isla para verificar la descontaminación; sobre el terreno explicó que todo estaba ya en orden, arrancó delante de las cámaras el cartel que decía "Prohibido el paso" y envió a un grupo de ovejas a pastar con el fin de demostrar que no había peligro. 

Fuentes: 
"100 Historias Secretas de la Segunda Guerra Mundial" de Jesús Hernández

martes, 4 de junio de 2013

Desastre en Bari: El Segundo Pearl Harbor

Desde el inicio de la invasión de Italia por los Aliados, en septiembre de 1943, el puerto de la ciudad de Bari, con una población de 250.000 habitantes, adquirió una gran importancia estratégica, convirtiéndose en el principal centro logístico de mercancías y suministros en el Mar Adriático. Partiendo de Bari, los víveres, municiones y equipamiento para las tropas marchaban hacia la Línea Gustav más al norte, donde los alemanes resistían en una cruenta y sangrienta batalla que se estaba alargando meses. Por ello, el puerto italiano habitualmente solía estar atestado de barcos amarrados en sus muelles, normalmente cargueros de mercancías y tropas, o navíos militares, llegando casi al 100% de su capacidad útil. El puerto estaba bajo jurisdicción británica, pues era la base principal de suministros para el 8º Ejército Británico, pero la ciudad también alojaba el cuartel general de la 15ª Fuerza Aérea norteamericana. Todo ello hacía que, además del habitual material de guerra, los barcos anclados en Bari transportasen combustible de aviación, bombas y municiones.


Uno de esos cargueros, un buque norteamericano de los llamados "Liberty Ships" (imagen sobre estas líneas), el SS John Harvey, había llegado al puerto italiano el 26 de noviembre de 1943, conteniendo una peligrosa carga: 1350 toneladas de bombas de gas mostaza, que llegaban en el más absoluto secretismo - incluso su capitán, Edwin F. Knowles, y la mayoría de la tripulación del carguero, salvo un pequeño grupo de expertos en el manejo de materiales tóxicos, desconocía que transportaba realmente -, y que debían tenerse en reserva, por si los alemanes decidían recurrir al uso de armas químicas. La autorización de atracar el navío allí se saltaba por completo todas las normas de seguridad, ya que un material químico de esas características tan peligrosas tenía prohibida la entrada en puertos no homologados. Bastaría que un pequeño ataque aéreo dañase al barco para que se desatase una gran tragedia. Por si fuera poco las medidas de seguridad en el puerto de Bari eran prácticamente inexistentes, ya que los aliados no consideraban la posibilidad de un ataque aéreo alemán. La Luftwaffe se encontraba muy debilitada y dispersa en Italia, por lo que las luces del puerto permanecían encendidas durante toda la noche para facilitar las labores de carga y descarga, y apenas existían baterías antiaéreas para defender su cielo. Aquella cadena de errores conduciría al desastre.


Desconociendo el arma secreta que portaba el SS John Harvey, la Luftwaffe, tras comprobar mediante un vuelo de reconocimiento que la seguridad en el puerto de Bari era prácticamente nula, decidió bombardearlo con la finalidad de golpear duramente las líneas de suministros aliados hacia el frente. La tarde del 2 de diciembre de 1943, un total de 105 bombarderos Junkers Ju-88 despegaron desde la base de Foggia con dirección al puerto de Bari. Unos aparatos volaron directos atravesando la península italiana y otros paralelos junto a la costa de Yugoslavia para despistar a los observadores enemigos. Además uno de los aviones lanzó tiras de aluminio sobre los radares para confundir a los operadores. La aproximación al objetivo fue un éxito, pues cuando el centenar de bombarderos germanos aparecieron sobre Bari a las 19:25 horas, todo el puerto estaba desprevenido.


Bombardear Bari fue un juego de niños para los pilotos alemanes. Sin apenas ser molestados por las baterías antiaéreas, los bombarderos alemanes apuntaron y soltaron tranquilamente sus bombas sobre sus objetivos. Las explosiones en el puerto se sucedieron una tras otra, y una de las bombas impactó sobre un oleoducto, causando su rotura y provocando un incendio que se propagó por el puerto y los muelles. Los navíos aliados fueron alcanzados uno tras otro en un apocalipsis de explosiones y de marineros saltando al agua para escapar de las deflagraciones y los incendios. Un carguero con 5000 toneladas de municiones, el SS John L. Motley se incendió y saltó por los aires. Mientras, el SS John Harvey, que no había recibido ningún impacto, fue alcanzado por las llamas de los buques vecinos. Sus tripulantes no abandonaron el barco y trataron de sofocar el fuego, pero de repente el buque estalló, desintegrándose en una gigantesca bola de fuego con forma de hongo (fotografía inferior), que mató en el acto a su capitán y a los 76 miembros de su tripulación.


Tras la explosión del SS John Harvey, un extraño olor se extendió por las instalaciones portuarias. Algunos de los supervivientes recordarían que comenzaron a tener problemas para respirar y que notaban un "olor a ajo". El gas se había mezclado con el aceite que flotaba en las aguas del puerto, e impregnaba el humo de los incendios que envolvía el área. Por tanto, no sólo era respirado, sino que también impregnaba los cuerpos de los marineros que se encontraban en el agua. Y no sólo ellos, la fuga del letal gas también se extendió a la misma ciudad de Bari a continuación, causando igual efecto entre su población civil. A los afectados por el gas, empezó a quemárseles la piel, a tener problemas respiratorios y a morir entre insoportables espasmos de dolor. Se estima que a consecuencia del ataque murieron más de 1.000 soldados y marineros aliados y un número desconocido de civiles italianos, aunque algunas fuentes los cifran igualmente en el millar.


En poco menos de una hora, fueron hundidos un total de 17 buques aliados de diversas nacionalidades, resultando dañados otros 12, 7 de ellos gravemente. Se perdieron unas 38.000 toneladas de cargamentos para el frente y los aeródromos aliados (munición, víveres, equipamiento, combustible…), entre ellos 10.000 toneladas de planchas de acero destinadas a dichos aeródromos. Por su parte, los alemanes solamente perdieron un bombardero Junkers-Ju 88. El puerto quedó inutilizado hasta febrero de 1944, lo que quizá fue determinante para el fracaso de las operaciones lanzadas por el general norteamericano Mark W. Clark en el mes de enero, pues no pudo contar con el aporte necesario de suministros para su V Ejército. La 15ª Fuerza Aérea también sufrió retrasos en su despliegue, lo que provocó el aplazamiento de una ofensiva combinada contra Alemania. Fue una de las incursiones más devastadoras de la Luftwaffe durante toda la guerra. Los norteamericanos suelen referirse a esta incursión aérea como el "segundo Pearl Harbor".


Los corresponsales de guerra vieron cómo los censores suprimían de sus artículos cualquier tipo de alusión al ataque sufrido. El secretismo que rodeaba a la letal carga transportada por el SS John Harvey tendría una consecuencia más: los médicos encargados de curar tanto a los soldados como a los civiles heridos tras el ataque no conseguían comprender por qué tantos de ellos no podían abrir los ojos, sufrían erupciones en la piel que daban paso a graves quemaduras y complicaciones respiratorias, reaccionaban negativamente a los tratamientos para sus heridas convencionales,  y morían en medio de grandes dolores. Tardarían días en darse cuenta de la verdadera causa de esas muertes. Cuando se empezaron a tomar medidas realmente efectivas el daño ya estaba hecho.


El empecinamiento en “guardar el secreto” provocó muertes que hubiesen sido fácilmente evitables si se hubiesen tomando medidas elementales desde el principio, como por ejemplo, desinfectar y cambiar de ropa a los pacientes, ya que los afectados y los que estaban alrededor habían pasado horas inhalando gases tóxicos de sus propias ropas contaminadas. Se estimó un mínimo de 628 bajas militares provocadas por los efectos de la inhalación del gas mostaza, con 83 muertes confirmadas, sin embargo los investigadores reconocen muchas más que no pueden ser rastreadas. Las bajas entre los civiles italianos son desconocidas es muy probable que fueron bastante mayores ya que ellos nunca supieron a lo que se enfrentaban realmente, falleciendo posteriormente al no ser sometidos a un tratamiento adecuado.


Terminada la Segunda Guerra Mundial, los efectos del bombardeo sobre Bari se notaron en las siguientes generaciones. El gas mostaza liberado en la ciudad permaneció durante décadas, enfermando por ello muchas personas que irían muriendo con el paso del tiempo o tendrían secuelas gravísimas. A pesar de todo Washington ocultó la tragedia, siendo desclasificados los primeros archivos en 1967, fecha demasiado tardía. Hasta 1986, es decir, más de 40 años después, Bari no fue desinfectada totalmente del gas mostaza. Ese mismo año, el gobierno británico admitió oficialmente que las víctimas del raid había estado expuestas al gas mostaza, y tuvo que pagar indemnizaciones económicas con efectos retroactivos a 600 marineros supervivientes de la tragedia por las lesiones y secuelas sufridas.

Fuentes:

http://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/raid-sobre-bari/
http://s2.elforo.de/arhem/viewtopic.php?t=1244&sid=ade86a73eb1767c974a84cfb00814637
http://en.wikipedia.org/wiki/Air_raid_on_Bari
"100 Historias Secretas de la Segunda Guerra Mundial" de Jesús Hernández
"La Segunda Guerra Mundial" de Antony Beevor

jueves, 30 de mayo de 2013

Testimonios de la 2ª Guerra Mundial (36)


"Psicológicamente me cuesta mucho trabajo soportar que, después de haber estado charlando amigablemente con un compañero, al cabo de media hora te lo encuentres convertido en poco más que un montón de trozos de carne, como si nunca hubiera existido, o que unos camaradas, que yacen malheridos ante tus ojos, en medio de un charco de su propia sangre, te imploren con ojos suplicantes que los ayudes, pues en la mayoría de los casos ya no pueden articular palabra, o el dolor les anula la capacidad de hablar. Es terrible...esta guerra es una guerra de nervios nefasta." 

Soldado alemán destacado en el Frente Oriental (junio 1944) en una carta dirigida a su familia


Fuentes:
"La Segunda Guerra Mundial" de Antony Beevor

miércoles, 29 de mayo de 2013

Citas Célebres de la 2ª Guerra Mundial (62)

"Dios os bendiga a todos. Esta es vuestra victoria. Es la victoria de la causa de la libertad en toda la tierra. A lo largo de nuestra extensa historia jamás hemos presenciado un día más grande que éste." 

Winston Churchill - Dirigiéndose al pueblo británico desde el balcón del Ministerio de Sanidad (Londres) el 8 de mayo de 1945, tras la rendición alemana y el final de la guerra en Europa

martes, 28 de mayo de 2013

La Lucha en el 'Bocage' Normando


Tras consolidar, no sin dificultades, las cabezas de desembarco en las playas de Normandía, los aliados tuvieron enormes problemas para avanzar hacia el interior del país galo. Mientras los británicos, enfrentados al grueso de las divisiones panzer alemanas destacadas en la zona, se veían incapaces de tomar Caen ante la durísima y bien organizada defensa enemiga, un poco más al oeste, el I Ejército Americano del general Omar Bradley quedó atascado en los sangrientos combates en los que se había visto envuelto en los pantanos al sur de la península de Cotentin y el "bocage", en la zona rural al norte de Saint-Lô.


Los alemanes describían los combates en el "bocage", un paisaje compuesto de pequeñas parcelas irregulares (tierras de cultivo y prados), separadas entre sí por setos vivos, muretes y terraplenes, y por árboles que a menudo bordean los caminos, como un "Schmutziger Buschkrieg", es decir, una "guerra sucia entre los arbustos", pero sabían que ellos, como defensores, tenían mayor ventaja sobre los aliados. Los americanos no estaban preparados para la espesura del "bocage", para la altura de los árboles, los setos y los duros y elevados terraplenes en los que crecían. Durante los entrenamientos habían supuesto que los setos eran como los del sur de Inglaterra, pero nada más lejos de la realidad.


Los soldados estadounidenses, en especial los reemplazos recién llegados, se sentían desorientados y sobrecogidos por la imposibilidad de avistar al enemigo cuando avanzaban por los pequeños campos cercados y por los caminos y senderos rodeados de esa espesa vegetación. El pánico pronto se desató entre los combatientes aliados, que parecieron olvidar las enseñanzas básicas de todo entrenamiento de infantería. Su instinto, cuando se veían acosados por la artillería o el fuego de mortero alemán, era tirarse al suelo o retroceder en busca de algún refugio, en lugar de avanzar y cargar contra el enemigo, una actitud que resultaba mucho más peligrosa, en contra de lo que pudiera parecer  a priori.


El disparo de un único fusilero desde lo alto de un árbol daba lugar con demasiada frecuencia a que los hombres de toda una unidad se echaran cuerpo a tierra, donde ofrecían un blanco mucho más fácil. De hecho, los alemanes provocaban muchas veces esta situación deliberadamente, para disparar a renglón seguido una densa cortina de fuego de mortero, explotando las bombas en el aire mientras los soldados americanos estaban tendidos en el suelo, indefensos y con todo el cuerpo expuesto. "Seguid andando si queréis seguir con vida" fue el eslogan adoptado por el cuartel general del I Ejército Americano de Bradley como instrucción para todo el mundo. Se hicieron advertencias a los oficiales y suboficiales para que no se echaran cuerpo a tierra, ya que el resto de los hombres bajo su mando seguiría su ejemplo. Dado que una actitud agresiva daba lugar a que se produjeran menos bajas se hizo hincapié en la importancia del "fuego en marcha", que consistía en disparar constantemente (a costa de un enorme gasto de munición), a medida que avanzaba la infantería, contra todo lo que pudiera ser una posición enemiga, sin esperar a tener un objetivo identificado.


Igualmente se aconsejó a los soldados que, si caían heridos por un francotirador, permanecieran inmóviles y  en silencio, ya que probablemente el tirador alemán no malgastaría otra bala en un posible cadáver, pero por contra si que volvería a disparar contra el herido, si este se movía tratando de guarecerse, o contra cualquier compañero que acudiera a socorrerle. De hecho, a los sanitarios que acudían a auxiliar a los heridos les disparaban deliberada y sistemáticamente. Los francotiradores alemanes escondidos en los árboles a menudo se ataban al tronco para no caer en caso de resultar heridos; otro escondite favorito en campo abierto eran los almiares, pero esta práctica se desechó enseguida, cuando los soldados estadounidenses aprendieron a disparar balas trazadoras con las que prendían fuego a la paja, para luego coser a tiros al tirador cuando trataba de escapar de las llamas.


Utilizando las lecciones aprendidas en el frente oriental, los alemanes lograron compensar su inferioridad numérica en materia de hombres, artillería y sobre todo, aviones, minimizando sus pérdidas en defensa. Para su primera línea de defensa, excavaban pequeños refugios en la base elevada de los impenetrables setos del "bocage" - tarea dura y laboriosa habida cuenta de lo intrincado de las viejas raíces - para construir en ellos nidos de ametralladoras. Varios cientos de metros más atrás estaba preparada una línea de posiciones bastante más sólidas. Luego existía una tercera línea todavía más atrasada, que disponía de tropas suficientes para llevar a cabo un rápido contraataque. Detrás de ellas, habitualmente en terreno elevado, solía colocarse un cañón antitanque de 88 mm, capaz de dejar fuera de combate a cualquier blindado enemigo que apareciera en apoyo de la infantería.


Los soldados aliados descubrieron que los alemanes eran muy buenos en las técnicas de camuflaje y ocultación. Cortaban ramas frescas para camuflar meticulosamente los cañones y los vehículos blindados y ocultarlos de la vista de la aviación aliada, lo que suponía que la ayuda que pudieran prestar los cazabombarderos enemigos era relativamente escasa. Sus soldados estaban acostumbrados a disimular las huellas de los blindados, e incluso intentaban levantar de nuevo la hierba o el grano que habían aplastado a su paso. Además, la infantería alemana no se limitaba a cavar pequeñas trincheras. Se enterraban "como si fueran topos", cubriéndose la cabeza contra las andanadas de la artillería y abriendo túneles bajo los setos. La pequeña abertura en el terreno que dejaban les proporcionaba el hueco ideal desde el que cortar el avance de una unidad aliada con las ráfagas de una ametralladora MG-42.


Los alemanes sabían muy bien que el mejor momento para pillar desprevenidas a las tropas aliadas era justo después de que éstas hubieran tomado una posición. Habitualmente se infligían en ese momento más bajas que durante el ataque original. Los soldados aliados eran muy lentos a la hora de abrir nuevas trincheras y a menudo se limitaban a utilizar los hoyos y las zanjas cavadas por los alemanes. En muchos casos estas posiciones estaban provistas de trampas explosivas, pero además, siempre podían estar localizadas de antemano como objetivo por los batallones de apoyo de la artillería alemana, dispuestos a abrir fuego sobre ellas en cuanto sus hombres se retiraran. Una y otra vez, las tropas aliadas fueron pilladas desprevenidas. Agotados por el ataque y ufanos por el éxito obtenido, los soldados no encontraban demasiado atractiva la idea de ponerse a cavar frenéticamente nuevas trincheras. A la infantería americana les costó mucho tiempo y muchas muertes innecesarias aprender a seguir la máxima de la Wehrmacht según la la cual "el sudor ahorra mucha sangre".


Combatiendo contra el Ejército Rojo los veteranos del frente oriental habían aprendido todas las triquiñuelas imaginables. Colocaban minas en el fondo de los cráteres abiertos por las bombas delante de sus posiciones para matar o herir gravemente a cualquier soldado atacante que se lanzara a ellos buscando refugio ante el fuego de ametralladoras o de mortero. Si abandonaban una posición, no sólo preparaban trampas explosivas en sus refugios subterráneos, sino que dejaban también una caja de granadas, varias de las cuales habían sido manipuladas para reducir el tiempo de demora a cero. También eran expertos en esconder en las cunetas minas de fragmentación, llamadas por los norteamericanos Bouncing Betty o "minas castradoras" (en la imagen superior) porque, al activarse, se elevaban hasta la altura de la entrepierna antes de estallar.


Los tripulantes de sus tanques y los artilleros de los cañones de campaña se hicieron expertos en disparar las llamadas "salvas de árbol", lo que significaba disparar contra las copas de los árboles, para que al explotar el proyectil, produjeran astillas capaces de herir a cualquiera que estuviera cerca. También tendían cables bien tirantes a la altura del cuello en los caminos usados por los jeeps aliados con el fin de decapitar a los conductores distraídos que pasaban por allí. Los americanos enseguida se acostumbraron a soldar una barra en forma de "L" invertida en la parte delantera de los vehículos descubiertos con el fin de enganchar y cortar dichos cables (fotografía sobre este párrafo).


Otra treta que utilizaban los alemanes cuando los americanos lanzaban una ofensiva por la noche consistía en disparar con una ametralladora balas trazadoras por encima de las cabezas de sus atacantes. De ese modo conseguían que los soldados aliados siguieran avanzando erguidos, para luego abrir fuego a menor altura con munición normal. A menudo, aparecía un sólo alemán con las manos en alto como si quisiera rendirse y cuando los americanos se acercaban con la intención de hacerlo prisionero, se echaba a un lado y las ametralladoras escondidas acribillaban a los desprevenidos soldados estadounidenses. No es de extrañar que después de varios incidentes de ese estilo fueran pocos los americanos dispuestos a coger prisioneros.


La presencia de los tanques utilizados para apoyar los ataques de la infantería estadounidense casi siempre atraía el fuego de la artillería o de los morteros alemanes. El Sherman era especialmente ruidoso, y los alemanes sabían cuando iba a producirse un ataque por el sonido de los motores de los tanques. Las tripulaciones de los blindados corrían también muchos riesgos, ya que los temidos cañones antiaéreos de 88 mm utilizados como arma antitanque eran de una precisión aterradora, siendo capaces de dejar fuera de combate a los tanques aliados, incluso a más de 1 km. de distancia.


Los grupos cazatanques alemanes con el lanzagranadas Panzerfaust al hombro se escondían y aguardaban el paso de las columnas de carros blindados americanos, y luego disparaban contra ellos por detrás, en la zona en la que eran más vulnerables. Otros se acercaban arrastrándose a los blindados y arrojaban contra ellos bombas adhesivas, o se encaramaban a ellos sin ser vistos, lanzando granadas por la escotilla. No es de extrañar que a las compañías de Sherman no les gustara moverse por el "bocage" sin tener el flanco guardado por la infantería.


Los alemanes solían colocar un cañón de asalto o un tanque al final de un largo trayecto en línea recta para tender emboscadas a cualquier Sherman que intentara seguir ese camino. Si se internaban en los campos de cultivo, el comandante del tanque, incapaz de ver casi nada a través del periscopio, tenía que sacar la cabeza por la escotilla de la torreta, ofreciendo un blanco perfecto. En los campos rodeados de setos, los tanques eran más vulnerables, cuando entraban o salían de una parcela por un hueco evidente. Se intentaron diversos métodos de evitar ese peligro.


La infantería que acompañaba a los tanques intentaba abrir brechas en los setos con torpedos Bangalore, pero con escaso éxito, debido a la solidez del suelo y al tiempo que se tardaba en meter la carga bajo tierra. Además se necesitaban cantidades enormes de explosivos. La solución perfecta la encontró el sargento Curtis G. Culin, del 102º Escuadrón de Reconocimiento de Caballería, integrado en la 2ª División Acorazada, quien inventó el conocido como "tanque rinoceronte" (Rhino Tank), que podéis ver en las fotografías superiores. Soldando, a modo de dientes, trozos de acero - obtenidos de las vigas y obstáculos de playa alemanes - a la parte frontal del Sherman, se conseguía en unos 3 minutos abrir un agujero entre el terraplén y el seto (imagen bajo estas líneas).


Casi todas las bajas estadounidenses de carácter psico-neurótico de la campaña de Francia se produjeron como consecuencia de la lucha en el "bocage" y la mayoría de sus víctimas fueron reemplazos, que se habían visto metidos en el combate mal entrenados y peor preparados para sustituir a un caído en combate. Al final de la campaña, 30.000 hombres del I Ejército fueron computados como bajas psicológicas. El jefe del servicio de sanidad de los Estados Unidos, estimaba en un estudio que entre las fuerzas de primera línea un 10% causó baja por motivos psicológicos (fatiga de combate).

Fuentes:

"La Segunda Guerra Mundial" de Antony Beevor
"El Día D. La Batalla de Normandía" de Antony Beevor